Thursday, May 10, 2012

Mujer(es)



 

“No se nace mujer. Se llega a serlo”
-Simone de Beauvoir

Odio los concursos de belleza. No me importa uno solo de los argumentos que se levantan a favor de ellos. Son un crimen contra la humanidad y no debieron existir nunca. Representan la gran democratización de la estupidez, la manera más infantil, plástica y estereotipada de celebrar la belleza. Peor aún, de celebrar todo un género de ‘lo femenino’, que es algo mucho más rico, complejo y paradójico que un centenar de mujeres uniformes, muertas de hambre, perfectamente maquilladas y peinadas, listas para posar y decir sandeces en cualquier momento.
Me impresiona muchísimo que alguien desee tanto la ‘mujerilidad’ que se someta a un cambio de sexo para poder tener esas características culturalmente ligadas a ‘la mujer’. Es un gran sacrificio, un proceso largo y seguramente muy extenuante. Me impresiona aún más que alguien que ha pasado por eso, aspire a concursar en un certamen de belleza. Aunque no es asunto mío, no puedo evitar preguntarme: ¿para eso quería ‘ser mujer’?
Pero lo más impresionante es escuchar a las propias mujeres en los medios reaccionar a la polémica de si una transexual debe o no participar en un certamen de belleza. En primer lugar, esta ‘transexual’ canadiense es una mujer. Cambió su sexo y, lo más importante, vive como mujer porque se siente como tal y, por tanto, es lo único que puede ser. Así que la controversia es absurda desde el principio.  
Lo que me resulta –no sé si triste, si trágico, si frustrante- es escuchar a estas personas que una pensó que tenían una mentalidad más amplia, hablando como si fueran los años treinta. La línea que más escuché fue la de “tengo amigos transexuales y los apoyo y respeto al cien porciento pero los concursos deben ser para mujeres ‘naturales’”.
No tengo espacio para entrar en la discusión de la falsa naturalización. Sí puedo cuestionar: si tanto defienden lo ‘natural’, qué hacer entonces con el sobrante de silicón, grasa succionada y costillas removidas que a tantas ‘Mises’ une.
No se puede apoyar “al cien porciento” a las transexuales negándoles el acceso a los ejercicios de su selección. Así sean los peores que se les puedan ocurrir.




Salamaya



            Cuando Kimmy Raschke sale a escena, cabello platinado pasado por calor, pollinón a lo gallo, early 90’s-style, tono solemne a cuestas, a veces ya puedo presentir que algo muy terrible está por ocurrir.
“Nuestra Isla es tierra de grandes pensadores, políticos, hombres y mujeres ilustres que con sus gestiones colocan a Puerto Rico en alto”, ha dicho  la presidenta de la Comisión de Educación y Asuntos de la Familia (¿En serio es presidenta de todo eso? ¡Con razón!).
Dice que “también hay hombres dedicados a sembrar esperanza en donde no la hay y a llevar un mensaje de fe y amor. Ese es Yiye Ávila”. (O sea, están los que piensan; luego también están los Yiye Ávila, una categoría aparte, ¿no?).
“Con su ministerio viajó a varios países para predicar el Evangelio y lograr cambios en la vida de los que conocía… Me honra presentar esta medida junto al Presidente del Senado y lograr que el salón de conferencias del Edificio Baltasar Corrada del Río lleve su nombre”.
No se puede negar que hay algo performático en el ridículo de esta gente. Su inventario de clowns es rico. Raschke, por ejemplo, es el clown torpe pero ingenuo. Actúa como tonta pero lo hace genuinamente. ¡Es muy tonta! De verdad piensa que Yiye Ávila es una figura históricamente relevante porque “ha sembrado esperanza”. Para este clown, conceptos como el pudor intelectual y la separación Iglesia y Estado son retóricas excéntricas. No le entran y posiblemente no le entrarán jamás.
Pero Rivera Shatz es otra cosa. Un clown sin ideología. En lo único que cree es en tenerlo todo calculado. Su performance del ridículo extremo es para él un mal necesario entre tantos otros. Interpreta al prójimo con su misma cualidad caricaturesca de clown. (“Si le pongo este nombre a este saloncito, los seguidores de fulano van a votar por mí”). La fórmula de simplificar a la gente y sus motivaciones.
            Pero ya les está saliendo el tiro por la culata, como pasó con el famoso regalo de García Padilla, que terminó congraciándolo como hombre. La gente siempre es más de lo que parece ser. Si tan solo los políticos pudieran comprenderlo en estas elecciones, sería un gran avance.

Esa enorme montaña de carbón


 Dirán lo que quieran. Excepto que seamos un pueblo pesimista.
Es impresionante el optimismo que prolifera en este país. “Hay que dejarlo en las manos de Dios”, escucho decir por todas partes con una seriedad parapelos, como si la resignación no fuera un estado terminal sino algo que alguien, un otro mágico, puede salvar de su intrínseco limbo existencial.
Está bien dejar algunas cosas en las manos del destino (sugiero que sean las más inofensivas). Pero en este país, desde el Gobernador hasta otra gente que parece muy seria y racional, quieren dejarle los asuntos más espesos al ‘Señor’.
Descansar en una noción de Dios es algo común, por lo cual la utilización de ese lenguaje está muy bien para la cotidianidad y, en especial, para el uso de nuestras dulces abuelitas. Pero llevarlo hasta al mensaje de presupuesto de un país quebrado, a las conferencias de prensa y apariciones oficiales es un mensaje mayor. Una esperaría que, al menos, los líderes del país (jefes de agencias, empresarios, sindicalistas, coroneles de la Policía) invocaran la racionalidad en lugar de los caminos del Señor; que ofrecieran explicaciones y soluciones terrenales a nuestros problemas más tétricos.
La escuela evolucionista que representa el antropólogo Pascal Boyer, estudioso de la psicología de la religiosidad, ha presentado evidencias de que el pensamiento religioso es la “línea de menor resistencia” de nuestro sistema cognitivo.
“La incredulidad -dice Boyer- suele ser el resultado de un esfuerzo racional deliberado contra nuestras predisposiciones naturales, lo que no es la ideología más fácil de propagar”.
El astrofísico estadounidense Carl Sagan escribió: “Cómo es que apenas ninguna religión ha mirado a la ciencia y ha concluido: '¡Esto es mejor que lo nuestro! El universo es mucho mayor de lo que dijeron nuestros profetas, más sutil y elegante’”.
Tal vez la mejor contestación a la pregunta de Sagan, la haya ofrecido Steven Weinberg, físico teórico y premio Nobel: “Hay quien tiene un concepto tan amplio de Dios que no hay forma de evitar que lo acabe encontrando en cualquier parte. Si quieres decir que Dios es energía, lo puedes hallar en un montón de carbón”.