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Friday, October 31, 2014

Senilidad


Tiene que haber sido el hombre más solo del mundo. No dudo que tuviera aprensión de su rol. No debe ser fácil ser el mensajero del absurdo. Aún así, el ex-embajador de EE.UU., se paró ante los representantes de 193 países para defender lo que hace ya décadas es indefendible: el bloqueo a Cuba. 

“Esta resolución sólo sirve para distraer la atención de los problemas reales que enfrenta el pueblo cubano”, balbuceaba este genio de la diplomacia en medio de la Asamblea General de la ONU. 
Ni siquiera Israel, incondicional fanático de EE.UU., se paró a defender su voto de sello de goma. Estos dos votitos solitarios parecen un signo de senilidad ante los 188 países que votaron en contra del Embargo, algunos defendiendo su posición con ardor. Estos 55 años de embargo a Cuba deben ser de los más desalmados y descabellados de la historia. ¿Que existen grandes desafíos de derechos humanos en Cuba? Sí. Pero no más que en EE.UU., donde se torturan los presos políticos, donde aún existe la pena de muerte y el 1% de la población controla el 43% de la riqueza. No más que en México, donde acaban de desaparecer a 43 jóvenes, donde el feminicidio está impune desde 1993. Los ejemplos sobran. 
El gesto gringo de enviar militares a los países afectados por el ébola en África, palidece ante el ejército de 500 médicos que ha enviado Cuba. Esto a pesar de que EE.UU. no ha sido capaz de comprometerse a ofrecer sus facilidades hospitalarias en la zona para tratar a los médicos cubanos que se contagien. 
Los médicos cubanos han atravesado el mundo llevando su ayuda voluntaria a los lugares más necesitados. En Haití, no sólo se quedaron cuando todas las cámaras de TV y los países buscones se retiraron después de cada catástrofe. Trataron la epidemia del cólera y enviaron cientos de haitianos a hacerse médicos en Cuba. 
¿Cómo es posible que un país pobre que está haciendo semejantes aportaciones al mundo todavía sufra uno de los bloqueos más mezquinos de la historia?

Wednesday, October 15, 2014

Devastación


“Yo también existo. Declárame”. Volví a pensar en ese letrero profético, alzado sobre una escuelita en el camino fronterizo entre República Dominicana y Haití. La determinación de la Corte Constitucional dominicana de negar la ciudadanía de miles de personas nacidas de trabajadores inmigrantes haitianos desde 1929 me lo hizo recordar. 

Pensé también en las obsesiones de mis profesores de Historia, siempre desenterrando cosas viejísimas. Por Juan Giusti Cordero conocí las Devastaciones de Osorio. 1605. El rey de España ordena al gobernador de La Española, Antonio de Osorio, devastar la parte occidental de la Isla y trasladarla más cerca de Santo Domingo.

La palabra lo dice todo: devastación. A fuerza de fuegos, de guerra, de muerte, toda esa tierra fue despoblada. En ese entonces, la Española era prácticamente tierra de nadie, o más bien de contrabandistas. España concentró su poder en las colonias continentales y había perdido control en las Antillas.

Vacía y devastada, eventualmente los franceses tomaron posesión de esa tierra. Y nació la inmensa Haití, que dos siglos después sería la primera nación libre de América Latina.

La historia de este pueblo ha sido de un dolor extremo, de una crueldad insospechada que ahora sólo vuelve a institucionalizarse con la decisión fratricida de República Dominicana.

Yo, ciudadana puertorriqueña (y estadounidense por imposición sádica), imagino una ciudadanía expansiva de las Antillas. Que, en vez de frontera imperial, el Caribe sea un lugar donde se renominen las nacionalidades, donde podamos transitar libremente para hacer lo que todo el mundo en esta vida quiere hacer: amar, trabajar, construir.

Los haitianos son la gente más dulce e inmensa que he conocido. El día que se cumplió un mes del terremoto de 2010 fue uno de los más importantes de mi vida. Allí, en Puerto Príncipe, vi el escenario más insólito y hermoso del mundo: cientos de personas en procesión. Cargando pequeñísimos ramos de trinitarias, lloraban y honraban a sus muertos. Pero sin lágrimas. Bailando y cantando.

Los vi levantar los brazos con esa euforia del desconsuelo extrañamente intercalado con el regocijo de estar vivos. Y recuerdo su canción: “Dios, mira mi carga. Mi carga pesa… ¿quién me va a ayudar?”

Tuesday, March 2, 2010

Les petits dictateurs


Todo ha sido muy hermoso. La gente, conmovidísima, comenta la belleza de la “solidaridad internacional”, especialmente la más mediatizada: ese caudal esplendoroso hollywoodense al servicio de Haití.
Sarkozy, el presidente-celebridad de Francia, aterrizó brevemente allí con su enorme cara de lechuga, a anunciar una “ayuda” de 326 millones de euros. Los medios, condescendientes, la han denominado como visita “histórica” en lugar de “histriónica”.
En el siglo XIX, para que Francia aceptara su independencia, Haití debió pagarle 46 veces la cantidad que ahora anuncia Sarkozy como la gran cosa. Ese pago exorbitante, violento, hundió al primer país libre de América latina en la pobreza terminal en que hoy está secuestrado.

Camisetas ‘chic’ por Haití, ‘We are the World’, maratones artísticos. Hermosa solidaridad del mundo.
Lo que no saben los entusiastas observadores de la compasión humana es cómo en Puerto Príncipe no parece haberse levantado una sola piedra ni se ven vehículos de remoción de escombros en las calles; cómo la multi-millonaria ayuda humanitaria apenas se percibe a lo largo incluso del centro de la capital. Tampoco saben cómo el país parece, más que una zona de desastre natural, una de guerra, con cientos de militares en las calles, portando más armas largas que leche.
También desconocen la arrogancia e indolencia, no sólo de los militares que tratan a los haitianos a empujones e insultos sino de los propios ‘blanquitos’ de la ONG’s, algunos de los cuales parecen más militares que cooperadores. Tengo fe en que han de ser los menos pues sé que hay gente inmensa allí haciendo un trabajo aún más inmenso. Pero los supuestos cooperadores que actúan como pichones de dictadores gritando y humillando a los haitianos a cambio de migajas de ayuda y actuando como si fueran los dueños del lugar, deshonran el trabajo de esas personas bondadosas, misioneros reales, que están allí por las razones correctas y en la actitud correcta.

El padre Julín Acosta, uno de los hombres más grandiosos que conocí allí, lo tiene muy claro: “Actualmente, Haití es un país ocupado por tres grandes potencias: Estados Unidos, Francia y, en el medio, las que parecerán inofensivas pero no lo son: las ONG”.

Monday, March 1, 2010

Homicidas


Siempre hemos asesinado a los haitianos. Para los países que le rodeamos desde el relativo confort, el terremoto tan sólo ha abierto la herida enorme del sentimiento de culpa, de la inacción disfrazada de impotencia, de la verdadera inmoralidad.
Una de las cosas que más me impresionó en la escuela graduada de Periodismo fue algo que aparecía en un libro de texto como un hecho: mientras más oscura es la piel de la gente, menos valor tienen en la jerarquía noticiosa de las empresas periodísticas. Es espeluznante, decían nuestros profesores. Pero no por eso menos cierto. Todavía, cada vez que lo compruebo, me impresiona muchísimo.

De vez en cuando -casi siempre tras una catástrofe- salen en la prensa las historias brutales sobre la supervivencia de Haití. Tras los fuertes huracanes de 2008, los medios daban cuenta de las galletas de lodo con que se alimentan los niños allí. ¿Qué puede ser más violento y más perverso que, a tan sólo 300 millas de nuestro país, la gente coma galletas de barro mientras nosotros botamos toneladas de comida? No sé en Puerto Rico pero, en Estados Unidos, se botan 100 billones de toneladas de alimentos cada año, según los datos más conservadores.

Leo los detalles sobre la nueva muerte de Haití mientras tomo un café con tostadas. Observo a mis vecinos de mesas pasar las páginas igual que yo, y pienso que en este acto hay un homicidio compartido. ¿O acaso pasar la página de los niños haitianos y seguir en lo nuestro no es virtualmente lo mismo que asesinarlos?

No hay algo más terrorífico que encontrarse en la temeridad ajena. Mirar el periódico y, en la peor de las noticias, viendo esa manera fatal que tiene el mundo, encontrarse; saberse parte de la atrocidad. Pero no son cosas que se quieran compartir realmente. Cuando una se halla en el terror ajeno, no se levanta y va donde el cónyuge a decirle sutil, livianamente: “Yo también maté a ese niño”.

No, una se da cuenta, se lo dice a sí misma en sigilo, siente la soledad terrible y luego pasa la página una vez más.