Showing posts with label muerte. Show all posts
Showing posts with label muerte. Show all posts

Thursday, October 15, 2015

Pegado en mi pecho



Últimamente, cada cierto tiempo, vuelvo a vaciar las pocas cajas que he mantenido conmigo a lo largo de varias mudanzas en los últimos años. Sigo empecinada en encontrar una foto olvidada, escondida, que pueda decirme algo nuevo sobre mi vida con mami.  

Tal vez una de las peores partes de la muerte a lo largo del tiempo sea esta eterna repetición. Pasan los años y no hay memorias nuevas. Sigues repitiendo el mismo ritual: ver las mismas fotos, rememorar las mismas palabras, imaginar las mismas escenas. Una y otra vez. De tanta repetición, la memoria se va volviendo un operativo obsesivo. 

Tal vez por eso a veces, contra toda razón, agarras el teléfono para llamarla. Aunque hayan pasado ya diez años y lo tengas muy claro y hayas aprendido a vivir con ello. Pues no. De repente un día agarras ese teléfono intuitivamente, le impones un dedo y, rápido, al instante, te das cuenta. Y cortas la comunicación. Y sabes que no puedes pegártelo al oído, que sería inútil. Pero te lo puedes pegar al pecho, puñeta. Aunque sea un cabrón segundo, al pecho. La soledad del mundo en tu pecho por un segundo. 

El otro día miraba a una chamaca de 27 años y me di cuenta de lo joven que era cuando perdí a mami. De la fugacidad. De la pesadísima valentía -la intrepidez- de atravesar cada día sin esa primera línea de defensa personal, sin esa guerrera, sin esa gestora de la locura. 

Diez, once años después, un día como hoy todavía soy apenas un pedacito de mujer, una niñita, un animalito frágil, tembloroso, ante el precipicio monumental de su pérdida; ante la violencia de una sola inexistencia. Pero eso también es una forma de honrar la vida.  

Saturday, January 26, 2013

Breve historia de una tanatomanía



“Junto a las manillas de un reloj, esperarán, todas las horas que quedaron por vivir, esperarán”.
-‘Por qué te vas’, José Luis Perales.


Estoy obsesionada con la muerte. Con todas ellas. No solo la muerte de los cuerpos sino también de las cosas. No me perturba la violenta transición del cuerpo al polvo, de lo material a lo no sabido. Tampoco es exactamente la repulsión de una pupila dilatada y lagrimosa, de un párpado flemático poniéndose para siempre.
Me obsesiona el abismo que dejan a su paso. Una, dos, cientos de historias que pierden toda posibilidad. Lo que no fue ni será, como dicen todos los boleros del mundo. Esa es la causa para este trastorno cada vez más serio. La expiración, como la distancia, siempre deja algo trunco, siempre algo -una especie de ‘It’- se queda suspendido en el deseo, en la evocación, en la ternura de alguien.  
Entonces está la extrañeza, que es la parte realmente criminal de todo esto. El diccionario es espantoso. Dice que extrañar es un sinónimo de desterrar. Y yo pensando todo este tiempo que era exactamente lo contrario. Pero ahora que se me ha revelado esta verdad terrorífica, me pregunto si es que se extraña como el preludio de un destierro. Si acaso extrañar es como la enfermedad, como el síndrome de retirada, como la toxicidad de un cuerpo: transitoria. Tenaz, casi insoportable pero efímera. La idea es problemática. Si, por definición, un preludio no puede ser eterno me pregunto qué son entonces esas extrañezas que duran para siempre. El lenguaje es tan ilógico. Y tan perfecto. Odio el lenguaje.
No conozco las mecánicas del destierro. Me reitero en una especie de resistencia porque no estamos hechos para hacerle pequeños monumentos al fracaso. Y eso es lo espeso.  Lo fúnebre.  Vil. Cuando sales a flote, cuando retomas el aire y vuelves al escenario de la vida y de los pájaros y del amor, ahí siempre ocurre otra muerte. Es un campo de guerra. Un holocausto.
Alguna gente fuma, bebe, miente, compra. Yo extraño las cosas que no son. Y protejo esta tanatomanía con la vida.

Fuga






No entiendo por qué sufro de esta forma cada vez que muere un escritor.
Cuando Saramago, leí que lo cremaban y, al otro lado de la computadora, sentí todo el destierro del mundo,  como si estuviera en el último lugar del planeta, lo más lejos posible de Portugal y Lanzarote y del autor ateo y tierno que radicalizó tantas ideas.
“Ya nunca podré ir a su tumba”, lloriqueé trágica. “Detenerme a leer los mensajes que pone la gente, a ver las banderas y las flores y las ofrendas más extrañas y alimentar mi vena melodramática, toda mi solemnidad, recordando tanta locura que dejó a este mundo”. 
Lo de Cortázar fue muy extraño. Yo tendría siete años y vi en la tele un carro negro muy grande con cristales oscuros. En la parte posterior, una cabecita calva con unos pocos pelos blancos. Aunque nunca lo vi de frente, me lo imaginé con unos espejuelos muy grandes y una risa alborotosa y tierna. Oí a mi mamá decir: “Lo mató la derecha”. Entonces no hice preguntas. Ya yo sabía perfectamente lo que significaba aquello. Me fui a mi cuarto y lloré desconsoladamente el asesinato de Cortázar, a quien yo tal vez no había leído aún pero quien yo sabía era un escritor muy bueno. Y revolucionario.
Sufrí demasiado. Todavía, si recuerdo aquel día, vuelvo a llorar un poco, como si Cortázar volviera a morirse. Todo esto para, hace poquísimos años atrás, enterarme de que Cortázar murió de leucemia, que nadie nunca lo asesinó. Quién sabe cómo armé esa muerte trágica para aquel escritor taciturno
Ayer fue Carlos Fuentes, uno de los primeros escritores que leemos de adolescentes en la escuela y a quien muchos seguimos leyendo. Es difícil equiparar la conmoción que provocan esos primeros escritores. Los rastros de esos libros son imposibles de remover. Por eso me sorprendí de nuevo sufriéndome su muerte como la de Cortázar, como la de alguien por quien yo sentía tanto sin saber exactamente por qué.
Y sin embargo, si por una muerte no debe una sufrir es por la de un escritor. Porque se mueren pero no tanto. Es lo que tienen las palabras: retribuyen la angustia, el dolor y la locura del oficio con esa pequeña fuga.