Saturday, August 21, 2010

Torturas

Violencia es una palabra que me suena demasiado blanda, hasta un tanto dulce, para nombrar el relato de Liza Rivera, esposa del representante Luis Farinacci. Violenta es la vida; un beso consentido puede ser violento; el tapón de Caguas a San Juan es de una violencia brutal. Los ataques que ha descrito esta mujer son de terrorismo interpersonal.

El debido proceso de ley en el que demasiados correligionarios de Farinacci se han amparado para evitar pronunciarse en su contra, está muy bien para los tribunales. En la vida real, lo que he visto es una declaración jurada dramática y contundente, que incluso establece que existen otros testigos de los actos relatados, lo cual -de ser cierto- sería terminal para la defensa del Legislador.

Él alega que nunca ha golpeado a su esposa y, hasta ahora, su único argumento de defensa es que fueron “una pareja tan públicamente perfecta, que en 2005 se ganaron el premio de la ‘pareja modelo y elegante’ de Ponce”. Eso me hace pensar en algo muy curioso. El conflicto del señor Farinacci se devela justo cuando un tribunal ha tenido que interceder para que el Municipio de San Juan respete los derechos de libre expresión de un grupo de mujeres que tres veces ha pintado un mural con el mensaje ‘Tod@s contra la violencia machista’. Tres veces también el Municipio ha borrado el mural, las últimas dos desacatando abiertamente la orden del Tribunal. Entonces, una no puede sino pensar que el mensaje -al igual que las mensajeras- les fastidia. Entorpecen esa imagen aséptica e hipócrita de familia y sociedad por la cual el Estado tiene especial debilidad, y que queda plasmada en esos telones enormes, grotescos por demás, con la foto de la familita “públicamente perfecta” que decora todo el exterior del Comité de Santini en Hato Rey.

No es sólo la hipocresía de borrar un mensaje educativo mientras, en otros escenarios, levantan sus cejas en señal de honda preocupación por la violencia de género. Es que se defienden diciendo que ellos tan sólo limpian los estorbos públicos, aún cuando -como denunciaron los abogados de las muralistas- el mayor estorbo público es de ellos.
Digo, por no decir que son ellos.

Friday, August 6, 2010

Sobeida



Acepto que yo también tengo cierta fascinación por Sobeida. O más bien estoy obsesionada con el encantamiento que este personaje provoca en la República Dominicana. Desde que se escapó de allí hace casi un año, en un operativo soberbio que no dejó rastros, y ahora que se entregó en Puerto Rico y fue extraditada a la República, el pueblo dominicano se ha rendido a la obsesión por Sobeida, al punto de haberle hecho hasta un espontáneo recibimiento de pueblo en la cárcel donde fue recluida.

Obviamente ha habido polarización. El país parece haberse dividido en dos: los puros y los impuros.

Los primeros son los portadores del decoro dominicano, representados en las plumas de decenas de analistas que lamentan “profundamente” el estado de “descomposición social” que atraviesa el país y que se evidencia en el culto a Sobeida y su compañero, Junior Cápsula. Sostienen que la observación obsesiva de esta mujer es síntoma de una aceptación benévola de la violencia, la corrupción y la búsqueda del dinero fácil.

Pero a mí me ha interesado el otro grupo; el que sostiene que en el morbo por Sobeida -por su belleza y gracia, por su cuerpazo, por su cartera Louis Vuitton de 900 dólares con que llegó a la cárcel, por esa sonrisita sostenida que nadie sabe interpretar y por su historia de Cenicienta posmoderna- está recogida, no sólo una realidad sino toda una sabiduría dominicana. Dicen los ‘impuros’ que esa sociedad ha aprendido que no existen diferencias reales entre los políticos corruptos y los capos de la droga. Son igual de delincuentes. “Lo único que varía es el bando al que se pertenezca”.

Un grupo de cineastas jóvenes hizo un video cómico en el que buscaban a Sobeida en los sitios más insólitos con tal de ganarse el millón de pesos de recompensa que ofrecían por su paradero, con los cuales querían hacer una película. Me gustó su franqueza y nivel de introspección. Al final, cuando se dan por vencidos en su búsqueda, el joven director dice: “Tal vez lo único cierto es que, en este país, todo el mundo tiene una Sobeida que esconder”.

Friday, June 18, 2010

Historicidad



"Esto es histórico", se repetían entre sí los muchachos y las muchachas mientras celebraban bajo la noche del miércoles la tremenda victoria de la justicia.

"Histórico", volvían a exclamarse entre abrazos, en esa euforia del triunfo trabajado, sufrido, más que merecido. Me enternece ver cómo han ido sabiéndose parte de algo mucho más grande; cómo han cargado con la dignidad de todo un archipiélago sin mencionar apenas el peso tan abrumador. Con alegría, con hermosura, con una voluntad inmensa. Con toda la esperanza del mundo.

Hacía mucho que no teníamos razones colectivas para celebrar. Los muchachos nos han devuelto la felicidad pública, la idea de que no hay que atrincherarse sólo en el espacio privado, en los seres amados, en los platos de la mesa íntima para encontrar el sentido de fortuna.

La historia nos exige que sigamos apoyándolos, protegiéndolos. Ha quedado claro que la gran responsable de que esta huelga se haya extendido tanto es Ygrí Rivera, quien constantemente le escondió información a la Junta de Síndicos y sólo se proponía destruir a los estudiantes en lucha. Ella es la gran culpable de los millones de dólares en pérdidas, incluyendo los que pagaron entre abogados y publicistas sin que estos abonaran en lo más mínimo a la resolución del conflicto.

No podemos olvidar a Osito, y cómo altos oficiales de la Policía lo agredieron con descargas eléctricas y patadas en sus genitales.

Y tampoco podemos permitir que expulsen a los estudiantes. Soy la hija de un huelguista que, en 1948, fue expulsado por levantar una bandera puertorriqueña en la Torre. Esa expulsión cambió por siempre su vida. Le mereció años de exilio y varios cambios de universidades pues ninguna se supone que acoja a un expulsado. Tuvo que estudiar Derecho dos veces, tener a sus primeros hijos lejos de los suyos, sin recursos, y vivir día a día el discrimen. Muchos años después, la Universidad de Puerto Rico tuvo que declarar una amnistía para poder contratarlo como profesor pues, pese a sí misma, mi papá se convirtió en un hombre con muchas cosas grandes que transmitirles a las nuevas generaciones.

Tienen razón los muchachos, "esto es histórico". No permitamos nosotros que se repita la historia del castigo y la represión.




Friday, May 28, 2010

Jarrón naranja (un cuento)



Supe que comenzaba nueva, lánguidamente, la reconciliación cuando lo vi agarrar el jarrón anaranjado. No sabía que yo lo observaba. Durante días evitó abrir la nevera, sólo para ignorar el jarrón en cuestión.
El día de los sucesos, (llamémosle día uno), lo dejé sobre aquel anaquel sin demasiado ordenamiento o simetría, haciendo así que pareciera una ubicación fortuita, inofensiva.

Sin embargo -de nada serviría ya negarlo- mi propósito era humillarlo; comprobar, más allá de toda duda razonable, la ordinaria naturaleza de aquel objeto mediante su vil exhibición. Con el paso de las horas -pensé- según el obsequio abominable languideciera sobre el anaquel, desentonaría cada vez más con la cuidada estética alrededor, y su virtual inutilidad se volvería contundente. Coronaría mi acto ante la visita casual de algún familiar, amigo o vecino pues sabía que aquello no pasaría desapercibido. Sería una victoria aplastante y elegante si fuera otra persona quien reparara en preguntar y hacer el comentario cuasi-despectivo: “¿Y ese jarrón?”, me los imaginaba decir, como si estuviera estipulada la vulgaridad del objeto.

No sé por qué me esmero en recordar los detalles de este plan, si de todos modos no fue ejecutado exactamente como debió ser.

Una mañana, el jarrón apareció en la nevera. Era fácil sospechar que aquello era su desafío, su manera de adjudicarle cierta funcionalidad. El cerco imaginario que se había creado alrededor del objeto de la discordia, se trasladó muy naturalmente al electrodoméstico. Como yo no osaba abrir la nevera, él tampoco lo hacía. Ni siquiera nos acercábamos a su circunferencia. Así pasamos días. Comía cualquier cosa camino del hogar en anticipación al embargo mobiliario, y presumía que él hacía lo mismo.

Ahora, sin embargo, lo agarraba. No dije nada ni me moví y él desapareció brevemente con el jarrón. Cuando se reintrodujo en el plano, observé con detenimiento sus manos, los dedos apenas apareciendo por cada lado del objeto. Desconocía que yo lo observaba. Se pensaba solo y por eso me pareció tierno que lo limpiara con ese cuidado suyo, con una minucia inmerecida. Luego lo secó suave con un paño y, en un cambio ingenuo de mirada, se encontró brevemente con la mía. Por varios segundos no supo bien qué hacer ni a dónde dirigirse. Yo -perversa, implacable- no retiré la vista, en reiteración de mi estupor. Y él -sé demasiado acerca de él- se sintió nuevamente atacado. Burlado.

Lo sé porque comencé a verle la rabia suave, traslúcida, como palpitándole por el borde del labio, por las rendijas de las venas que empezaban a brotársele en los nudillos de las manos y luego tenues en el cuello. Vi cómo respiró como buscando más aire del que necesitaba y yo no le quitaba la mirada mordaz, que se volvía -yo lo sentía como en el vientre- homicida. Se movió brevemente, cuestión de un par de pasos, y quedó paralizado. Por un instante, no sabía qué hacer. Colocó el objeto rápidamente entre los trastes, se pasó la mano por la frente y por el pelo. Yo respiré un poco a lo lejos sin dejar de examinarlo. Nunca dejo de examinarlo con esta obsesión.

Al cabo de un cierto transcurrir, le vi una sonrisa casi imperceptible, el reflejo de una satisfacción muy breve, como resignada a la irresolución. Entonces pensé que era un hombre de fe.

Como quien, en el fondo de la ira, sabe que no todo está perdido.

Gato

“Te extraño tanto que duele. El Gato”. No sé si me conmovió más la angustia irrebatible del mensaje o el resguardado anonimato de su destinataria (o destinatario). La fórmula se enriquecía también con el escenario de su aparición pues esta declaración no está en una pared de Santa Rita sino en una parada de guagua rural, camino de Comerío.

“Te extraño tanto que duele. El Gato”.

El dolor casi desgarrador de esa oración tan simple, pero tan contundente, me desconsoló. Y, como si no tuviera suficiente en qué pensar, comencé a cuestionarme la situación de este individuo.

¿Le escribiría a una mujer que toma la guagua a menudo o es que ese fue simplemente el lugar donde lo invadió el pánico, la extrañeza, ese vacío sublime de los amantes contrariados? ¿Cuánto habrá demorado ella en ver el mensaje? ¿Qué habrá dicho, sentido, pensado? ¿Estarían juntos, habrán tenido un hijo, una casa, compartido un desayuno, o será un amor absolutamente fallido?

Qué manera de perder el tiempo, me reclaman. Precisamente vengo de un encuentro donde los amigos se cuestionaban el significado del arte. Casi le ponen cláusulas y pre-requisitos al asunto. Los más “naive” decían que es la búsqueda de la belleza, esa cosa tan sobreestimada. Otros, que es la materia de lo invisible.

Y ahora, en esta tarde lánguida como un domingo, no me importa si esa no era la intención de Gato pero sus siete palabras, asaltándome en dos oraciones, se me parecen más al arte que los requerimientos de mis amigos. Gato, mi arte público. Gato, mi poesía.

“Te extraño tanto que duele”. El dolor es excesivo, como el coraje de su letra, como la delicadeza de colocar su nombre y no el de ella, con esa certeza de que se sabrá destinataria.

Me deleito en mi encuentro fugaz con esas siete palabras, y le guiño un ojo a Gato, a su graffiti, aunque nunca se entere. Por varios minutos, que con este artículo se vuelven horas, pierdo el tiempo pensando en él, y en todos los gatos que no lo escriben, pero les duele.

Sunday, May 16, 2010

Pañuelo blanco

Esta es una transeúnte con propósito. Una ciudadana que no anda de paseo ni merodeando sin un destino. No es exactamente una peatona pues se transporta en una silla de ruedas. Debe ver a sus médicos, realizar tareas profesionales, cumplir con familiares que viven por el lugar de los hechos. Es a todas luces una ciudadana de provecho.
La mujer no buscaba metáforas en las grietas de la ciudad ni en la otredad geográfica del cuerpo. Admiraba de reojo -como un efecto secundario- la renovación de Santurce, el nuevo estilo ‘boho-chic’ de ciertas zonas, cuando observó a la distancia un cruce peatonal con rampa y -además- medio artístico. Nada de insípidas franjas blancas sino diseño, losetitas de colores, un paso digno de un gran museo como el de allí. La ciudadana en cuestión, impresionadísima, quiso llegar a la rampa que la llevaría al otro lado de la calle.

Se apresuró a cruzar, aprovechando la aparición de la luz roja. Maniobró rápido por aquel paseo hermoso. Le era conmovedor, casi increíble, pensar que alguien (¿un triste burócrata de carreteras? ¿Un artista secuestrado en un cubículo?) hubiese sido tan condescendiente hacia una persona con sus necesidades.

Cambiaba de nuevo el semáforo cuando, para su sorpresa, la mujer concluyó el paso para encontrarse secuestrada entre el tránsito reanudado -sus bocinas y emisiones a un pelo de su espalda- y de frente, un imponente poste eléctrico. La rampa benévola que, en el otro lado, le había permitido cruzar la calle, de este otro brillaba por su ausencia. Ahora la historia era otra: el poste y ella. Y entre ambos -como una opción imposible- el tremendo escalón para incorporarse a la acera.

Pudo haberse rendido a la tentación de la metáfora obligada. Pudo haberse dicho ‘este es mi país: un lugar atractivo en punto suspensivo; un camino sin destino’. Pero su peligrosa situación en medio del tráfico animal la obligaba a preservar su vida. Se pegó lo más que pudo de la acera, y en un acto que no parecía especialmente salvador, sacó algo de su cartera. Levantó muy alto su brazo y, con ese impulso de la esperanza, ondeó un pequeño pañuelo blanco.

Sombras nada más



Siempre está la tentación de pensar que el gobernador de turno es lo peor que ha pasado por el país. No voy a caer en esta trampa. ‘Lo peor’ es un concepto demasiado absoluto y un tanto complicado. Pero hay cosas que están ahí, que son evidentes y perturban la historia.
No sé si éste será o no el peor pero sé que es “sombras nada más” como dice el trágico bolero. Su presencia en el país es tan tenue que raya en lo poético. Digo que es una sombra por no decir que el señor no existe, que sería un concepto todavía más literario (a propósito del Festival de la Palabra). Está ahí, pero siempre tan ajeno, tan anodino, que al final es como si no estuviera. Pasan los días sin signos suyos y una ni siquiera se acuerda de que no está. Nadie lo extraña. O casi nadie. Supongo que algún periodista asignado a la solitaria fuente de esta sombra sufrirá en alguna medida este gran vacío.
Me da cierta lástima, no se crean. Este personaje está tan abstraído que se está perdiendo su propia gobernación. Los estudiantes han creado un país propio, le han devuelto la posibilidad a lo imposible, crean propuestas económicas inteligentes, toman en los portones los cursos que todos siempre añoramos, siembran huertos, juegan al fútbol, crean colectivos artísticos. Esto es lo más grande que sucederá en estos cuatro años, posiblemente en esta década. Pero la pobre sombra que es el gobernador no puede disfrutar de este espectáculo único. Tendría que empezar por saber a qué se refieren cuando hablan de los famosos portones. Pero el pobre no tiene idea de donde queda el de Arquitectura ni el de Derecho ni nada. Conoce de la IUPI tanto como de la Universidad de Kabul.
Hago un llamado urgente a los intelectuales del Festival de la Palabra para que dediquen uno de sus foros a algo así como la ‘Deconstrucción de la sombra en el poder o un estudio del hombre que no existe’. Sería de lo más pertinente mientras los estudiantes, en el sol más pleno de la calle, nos iluminan la existencia.