Friday, June 18, 2010

Historicidad



"Esto es histórico", se repetían entre sí los muchachos y las muchachas mientras celebraban bajo la noche del miércoles la tremenda victoria de la justicia.

"Histórico", volvían a exclamarse entre abrazos, en esa euforia del triunfo trabajado, sufrido, más que merecido. Me enternece ver cómo han ido sabiéndose parte de algo mucho más grande; cómo han cargado con la dignidad de todo un archipiélago sin mencionar apenas el peso tan abrumador. Con alegría, con hermosura, con una voluntad inmensa. Con toda la esperanza del mundo.

Hacía mucho que no teníamos razones colectivas para celebrar. Los muchachos nos han devuelto la felicidad pública, la idea de que no hay que atrincherarse sólo en el espacio privado, en los seres amados, en los platos de la mesa íntima para encontrar el sentido de fortuna.

La historia nos exige que sigamos apoyándolos, protegiéndolos. Ha quedado claro que la gran responsable de que esta huelga se haya extendido tanto es Ygrí Rivera, quien constantemente le escondió información a la Junta de Síndicos y sólo se proponía destruir a los estudiantes en lucha. Ella es la gran culpable de los millones de dólares en pérdidas, incluyendo los que pagaron entre abogados y publicistas sin que estos abonaran en lo más mínimo a la resolución del conflicto.

No podemos olvidar a Osito, y cómo altos oficiales de la Policía lo agredieron con descargas eléctricas y patadas en sus genitales.

Y tampoco podemos permitir que expulsen a los estudiantes. Soy la hija de un huelguista que, en 1948, fue expulsado por levantar una bandera puertorriqueña en la Torre. Esa expulsión cambió por siempre su vida. Le mereció años de exilio y varios cambios de universidades pues ninguna se supone que acoja a un expulsado. Tuvo que estudiar Derecho dos veces, tener a sus primeros hijos lejos de los suyos, sin recursos, y vivir día a día el discrimen. Muchos años después, la Universidad de Puerto Rico tuvo que declarar una amnistía para poder contratarlo como profesor pues, pese a sí misma, mi papá se convirtió en un hombre con muchas cosas grandes que transmitirles a las nuevas generaciones.

Tienen razón los muchachos, "esto es histórico". No permitamos nosotros que se repita la historia del castigo y la represión.




Friday, May 28, 2010

Jarrón naranja (un cuento)



Supe que comenzaba nueva, lánguidamente, la reconciliación cuando lo vi agarrar el jarrón anaranjado. No sabía que yo lo observaba. Durante días evitó abrir la nevera, sólo para ignorar el jarrón en cuestión.
El día de los sucesos, (llamémosle día uno), lo dejé sobre aquel anaquel sin demasiado ordenamiento o simetría, haciendo así que pareciera una ubicación fortuita, inofensiva.

Sin embargo -de nada serviría ya negarlo- mi propósito era humillarlo; comprobar, más allá de toda duda razonable, la ordinaria naturaleza de aquel objeto mediante su vil exhibición. Con el paso de las horas -pensé- según el obsequio abominable languideciera sobre el anaquel, desentonaría cada vez más con la cuidada estética alrededor, y su virtual inutilidad se volvería contundente. Coronaría mi acto ante la visita casual de algún familiar, amigo o vecino pues sabía que aquello no pasaría desapercibido. Sería una victoria aplastante y elegante si fuera otra persona quien reparara en preguntar y hacer el comentario cuasi-despectivo: “¿Y ese jarrón?”, me los imaginaba decir, como si estuviera estipulada la vulgaridad del objeto.

No sé por qué me esmero en recordar los detalles de este plan, si de todos modos no fue ejecutado exactamente como debió ser.

Una mañana, el jarrón apareció en la nevera. Era fácil sospechar que aquello era su desafío, su manera de adjudicarle cierta funcionalidad. El cerco imaginario que se había creado alrededor del objeto de la discordia, se trasladó muy naturalmente al electrodoméstico. Como yo no osaba abrir la nevera, él tampoco lo hacía. Ni siquiera nos acercábamos a su circunferencia. Así pasamos días. Comía cualquier cosa camino del hogar en anticipación al embargo mobiliario, y presumía que él hacía lo mismo.

Ahora, sin embargo, lo agarraba. No dije nada ni me moví y él desapareció brevemente con el jarrón. Cuando se reintrodujo en el plano, observé con detenimiento sus manos, los dedos apenas apareciendo por cada lado del objeto. Desconocía que yo lo observaba. Se pensaba solo y por eso me pareció tierno que lo limpiara con ese cuidado suyo, con una minucia inmerecida. Luego lo secó suave con un paño y, en un cambio ingenuo de mirada, se encontró brevemente con la mía. Por varios segundos no supo bien qué hacer ni a dónde dirigirse. Yo -perversa, implacable- no retiré la vista, en reiteración de mi estupor. Y él -sé demasiado acerca de él- se sintió nuevamente atacado. Burlado.

Lo sé porque comencé a verle la rabia suave, traslúcida, como palpitándole por el borde del labio, por las rendijas de las venas que empezaban a brotársele en los nudillos de las manos y luego tenues en el cuello. Vi cómo respiró como buscando más aire del que necesitaba y yo no le quitaba la mirada mordaz, que se volvía -yo lo sentía como en el vientre- homicida. Se movió brevemente, cuestión de un par de pasos, y quedó paralizado. Por un instante, no sabía qué hacer. Colocó el objeto rápidamente entre los trastes, se pasó la mano por la frente y por el pelo. Yo respiré un poco a lo lejos sin dejar de examinarlo. Nunca dejo de examinarlo con esta obsesión.

Al cabo de un cierto transcurrir, le vi una sonrisa casi imperceptible, el reflejo de una satisfacción muy breve, como resignada a la irresolución. Entonces pensé que era un hombre de fe.

Como quien, en el fondo de la ira, sabe que no todo está perdido.

Gato

“Te extraño tanto que duele. El Gato”. No sé si me conmovió más la angustia irrebatible del mensaje o el resguardado anonimato de su destinataria (o destinatario). La fórmula se enriquecía también con el escenario de su aparición pues esta declaración no está en una pared de Santa Rita sino en una parada de guagua rural, camino de Comerío.

“Te extraño tanto que duele. El Gato”.

El dolor casi desgarrador de esa oración tan simple, pero tan contundente, me desconsoló. Y, como si no tuviera suficiente en qué pensar, comencé a cuestionarme la situación de este individuo.

¿Le escribiría a una mujer que toma la guagua a menudo o es que ese fue simplemente el lugar donde lo invadió el pánico, la extrañeza, ese vacío sublime de los amantes contrariados? ¿Cuánto habrá demorado ella en ver el mensaje? ¿Qué habrá dicho, sentido, pensado? ¿Estarían juntos, habrán tenido un hijo, una casa, compartido un desayuno, o será un amor absolutamente fallido?

Qué manera de perder el tiempo, me reclaman. Precisamente vengo de un encuentro donde los amigos se cuestionaban el significado del arte. Casi le ponen cláusulas y pre-requisitos al asunto. Los más “naive” decían que es la búsqueda de la belleza, esa cosa tan sobreestimada. Otros, que es la materia de lo invisible.

Y ahora, en esta tarde lánguida como un domingo, no me importa si esa no era la intención de Gato pero sus siete palabras, asaltándome en dos oraciones, se me parecen más al arte que los requerimientos de mis amigos. Gato, mi arte público. Gato, mi poesía.

“Te extraño tanto que duele”. El dolor es excesivo, como el coraje de su letra, como la delicadeza de colocar su nombre y no el de ella, con esa certeza de que se sabrá destinataria.

Me deleito en mi encuentro fugaz con esas siete palabras, y le guiño un ojo a Gato, a su graffiti, aunque nunca se entere. Por varios minutos, que con este artículo se vuelven horas, pierdo el tiempo pensando en él, y en todos los gatos que no lo escriben, pero les duele.

Sunday, May 16, 2010

Pañuelo blanco

Esta es una transeúnte con propósito. Una ciudadana que no anda de paseo ni merodeando sin un destino. No es exactamente una peatona pues se transporta en una silla de ruedas. Debe ver a sus médicos, realizar tareas profesionales, cumplir con familiares que viven por el lugar de los hechos. Es a todas luces una ciudadana de provecho.
La mujer no buscaba metáforas en las grietas de la ciudad ni en la otredad geográfica del cuerpo. Admiraba de reojo -como un efecto secundario- la renovación de Santurce, el nuevo estilo ‘boho-chic’ de ciertas zonas, cuando observó a la distancia un cruce peatonal con rampa y -además- medio artístico. Nada de insípidas franjas blancas sino diseño, losetitas de colores, un paso digno de un gran museo como el de allí. La ciudadana en cuestión, impresionadísima, quiso llegar a la rampa que la llevaría al otro lado de la calle.

Se apresuró a cruzar, aprovechando la aparición de la luz roja. Maniobró rápido por aquel paseo hermoso. Le era conmovedor, casi increíble, pensar que alguien (¿un triste burócrata de carreteras? ¿Un artista secuestrado en un cubículo?) hubiese sido tan condescendiente hacia una persona con sus necesidades.

Cambiaba de nuevo el semáforo cuando, para su sorpresa, la mujer concluyó el paso para encontrarse secuestrada entre el tránsito reanudado -sus bocinas y emisiones a un pelo de su espalda- y de frente, un imponente poste eléctrico. La rampa benévola que, en el otro lado, le había permitido cruzar la calle, de este otro brillaba por su ausencia. Ahora la historia era otra: el poste y ella. Y entre ambos -como una opción imposible- el tremendo escalón para incorporarse a la acera.

Pudo haberse rendido a la tentación de la metáfora obligada. Pudo haberse dicho ‘este es mi país: un lugar atractivo en punto suspensivo; un camino sin destino’. Pero su peligrosa situación en medio del tráfico animal la obligaba a preservar su vida. Se pegó lo más que pudo de la acera, y en un acto que no parecía especialmente salvador, sacó algo de su cartera. Levantó muy alto su brazo y, con ese impulso de la esperanza, ondeó un pequeño pañuelo blanco.

Sombras nada más



Siempre está la tentación de pensar que el gobernador de turno es lo peor que ha pasado por el país. No voy a caer en esta trampa. ‘Lo peor’ es un concepto demasiado absoluto y un tanto complicado. Pero hay cosas que están ahí, que son evidentes y perturban la historia.
No sé si éste será o no el peor pero sé que es “sombras nada más” como dice el trágico bolero. Su presencia en el país es tan tenue que raya en lo poético. Digo que es una sombra por no decir que el señor no existe, que sería un concepto todavía más literario (a propósito del Festival de la Palabra). Está ahí, pero siempre tan ajeno, tan anodino, que al final es como si no estuviera. Pasan los días sin signos suyos y una ni siquiera se acuerda de que no está. Nadie lo extraña. O casi nadie. Supongo que algún periodista asignado a la solitaria fuente de esta sombra sufrirá en alguna medida este gran vacío.
Me da cierta lástima, no se crean. Este personaje está tan abstraído que se está perdiendo su propia gobernación. Los estudiantes han creado un país propio, le han devuelto la posibilidad a lo imposible, crean propuestas económicas inteligentes, toman en los portones los cursos que todos siempre añoramos, siembran huertos, juegan al fútbol, crean colectivos artísticos. Esto es lo más grande que sucederá en estos cuatro años, posiblemente en esta década. Pero la pobre sombra que es el gobernador no puede disfrutar de este espectáculo único. Tendría que empezar por saber a qué se refieren cuando hablan de los famosos portones. Pero el pobre no tiene idea de donde queda el de Arquitectura ni el de Derecho ni nada. Conoce de la IUPI tanto como de la Universidad de Kabul.
Hago un llamado urgente a los intelectuales del Festival de la Palabra para que dediquen uno de sus foros a algo así como la ‘Deconstrucción de la sombra en el poder o un estudio del hombre que no existe’. Sería de lo más pertinente mientras los estudiantes, en el sol más pleno de la calle, nos iluminan la existencia.

Friday, March 26, 2010

Encanto


A fuerza de trucos, esta ‘aplicación’ del Iphone promete transformarme en una Angelina Jolie o Penélope Cruz. Otra más macabra me insta a descargar una foto mía para entonces revelarme un nuevo ‘yo’, pasado por el crisol de un ‘face lift’, unas agujitas de Botox, un levantamiento de pómulos digital.

Atravesar el día es un desafío de grandes proporciones y no sólo por las premuras de la vida. Se abre el periódico y, antes de enterarse de los asuntos imperiosos del país, se entera una de cómo vestirse, peinarse y -peor aún- “actuar” para parecer más sensual, más joven y más delgada, los tres grandes imperativos femeninos de la modernidad.

En el acto íntimo de abrir el correo electrónico, se topa una con la perversidad de turno: la felicidad es unos zapatos con un tacón cada vez más alto, más fino, más imposible. Una nueva sombra cambiará tu vida, un perfume te otorgará supremacía en la seducción.

Ya me aburre esta ofensiva. Paso de ella no sin perjudicarme del todo pero con un desafecto saludable y bastante sentido del humor. Pero pienso en mi co-pilota, una niña de siete años. He hecho mil malabares por protegerla de esta cacería pero ahora anda con un kit de maquillaje con más sombras de las que yo he tenido en tres décadas. Se las combina con la ropa. Traje blanco, sombra blanca, ese tipo de cosa. Me río mucho pero no digo nada. Un día sabrá que es un poquito más complicado que eso.

Pienso en el anuncio de las sombras que te cambian la vida y me pregunto si un día ella podrá reírse de todo esto sin caer tan rendida, tan cautiva.

En uno de sus cuentos, F. Scott Fitzgerald dice: “Cuando una chica siente que está perfectamente arreglada, puede olvidarse de esa parte de ella. Eso es el encanto. Mientras más partes del cuerpo puedas darte el lujo de olvidar, más encanto tienes”.
Cruzo los dedos porque la niña -encantadora sin olvidarse de nada- aprenda a burlarse, no sólo de los diarios y los anuncios sino, incluso, de la buena literatura.

Tuesday, March 9, 2010

Antonia



Observo la breve pregunta casi a diario. Está escrita a lápiz, en el borde de una obra de Nelson Sambolín que está en la sala: “¿Qué se hace con los recuerdos?”, dice el artista en un homenaje a la demencia.
Se temen muchas cosas en este mundo terrorífico e hipocondríaco: perder un seno, un hijo, un amante. Pero he visto que, cuando la gente se va poniendo vieja, lo más que temen es perder la memoria.
En una vida larga, siempre llega el día en que el cuerpo pierde hegemonía. El recuerdo, sin embargo, es la posesión más íntima del ser humano: el cúmulo de la vida. Evocar es una manera de volver a vivir y los viejos lo saben. Por eso pueden pasar horas rememorando como quien ratifica así su presente. Un anciano puede olvidar las cosas de su día a día pero nunca olvida los fundamentos de su vida, dónde y cómo aprendió sus grandes lecciones.
Por eso me intriga el proceso de cómo un país prescinde de su memoria. Ayer se conmemoraron los 40 años del asesinato de Antonia, aquella joven universitaria que, desde su balcón, gritó ‘abusadores’ a unos policías armados que golpeaban a un grupo de estudiantes. Su valiente indignación le costó la vida cuando uno de los policías -nunca se supo cuál- la asesinó con un disparo en la cabeza. El de Antonia fue uno de los primeros crímenes políticos de una época que atestiguó demasiados.
Esta semana los periódicos anunciaban que “el independentismo” conmemoraría el martirologio de Antonia. Parece que el resto del país está exento del recuerdo. Como si el asesinato político no fuera el crimen de odio que más vidas ha tomado en Puerto Rico.
A cuarenta años de su asesinato, nosotros, los que no olvidamos, volvemos a atacar la demencia nacional, esta amnesia selectiva de un país que no se olvida de los especiales del shopper cada jueves pero sí de sus jóvenes sacrificados.
Mientras tanto, para combatir la muerte y el olvido, nos amparamos en la promesa de esa bella canción de El Topo: “Antonia, los pueblos no perdonan. Un día esta ley se ha de cumplir”.