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Monday, March 30, 2020

Siempre te tienes que ir



No hablo de la tristeza de irse por su efecto directo en la economía ni en la sociología ni en la producción de bienes ni en la base contributiva exactamente. No es cuestión del País aunque piense obsesivamente en él. Mucho. Todo. No voy a decir “el país pierde mucho cuando te vas” ni “el país sigue perdiendo talento”. Hablo de otra cosa.    
Ya sé que la diáspora, que el trasnacionalismo aportan un mundo. Que se movilizan, que viven emocionalmente aquí. Sé del Puerto Rico que montan allá, que escriben y se comunican y vienen muchísimo, que circulan. En fin, que “aportan”. Es lo que dice últimamente todo el mundo: “aportan”. Estipulado todo.
Pero hablo de lo que se pierde cuando no se está. Quién contabiliza eso. Poder salir a la calle en chancletas a hacer cualquier cosita sin importancia. O salir a tomarte un café, o a nada, a caminar sin rumbo. Encontrarte con la gente en el bar de la esquina, darte una cerveza, terminar un día en la playa sin saber que ibas para allá.
Se van los amigos, la familia. Con el último anuncio me detengo, respiro. Pondero esta situación porque siento la espina de un no sé. Me obligo a buscar la pista justa; qué es esto para una que se queda. En esta transacción hay, envuelta, una promesa de soledad. La sensación -realmente la certeza- de tener un aliado menos, no en lo político, ni siquiera en lo sociológico, mucho menos en lo cultural: En la cotidianidad. En eso que, me he convencido, es el paliativo de primera necesidad, constante, pequeño, de la crisis. El trasnacionalismo, las tremendas aportaciones de la diáspora no me aplacan ese precipicio.
Navegar un país en crisis requiere astucia y empeño. Sobrevivirlo emocionalmente con la mayor entereza posible requiere de muchos pequeños rituales de la cotidianidad. Café, por ejemplo. Mucho, beberse todo el posible es lo más indicado. Con azúcar morena, poquita, y la leche bien hervida. No cafés tibios, no cafés pálidos. Hirvientes, oscuros. Le salva la vida pequeña a cualquiera pero hay algo más en esa ecuación. El ritual del café sola es un gusto sofisticado. Pero el café que llega a la cama con un amor (hombrón, mujerón, a su preferencia), ese redime esta crisis económica todos los días, esta regresividad, esta incertidumbre.   
Para ir cambiando un poco el tema, si yo tocara fondo, me aferraba a tu café de la mañana. Pagaría con él. Ésta y cada una de las deudas. Hasta el último grano.
 Aunque, para ser honesta, llevo años con una sola imagen (radical) cada vez que se me ha cruzado la posibilidad de irme yo también: la del coco frío y la alcapurria de jueyes con mucho pique frente a la playa de Vacia Talega. Hay algo ahí. Una noción muy poderosa y simple de felicidad. Si me preguntas, para mí la felicidad es beberme ese coco, tragarme el salitre, ingerir esa grasa divina frente a una playa justa. Si hablamos de riquezas, de patrimonio y capital de bienestar; de valores, de créditos, de deudas impagables, el mar, coco con whisky y alcapurria de jueyes con mucho pique is the way to go. La riqueza es el acceso a la vida, a la playa, al sol y a los placeres sencillos, auténticos, los que en nuestro pequeño país podemos encontrar sin muchos medios ni recursos ni planificación, en chancletas, ‘shores’, pelo suelto y carretera. Los economistas le llaman capital de bienestar, calidad de vida, indicadores de no sé qué. Yo le llamo devoción linfática, sentir la sangre donde pongo el deseo y el amor.
Sufro en extremo la partida de amistades a quienes ni siquiera veía demasiado a menudo. No importa. No quiero que nadie tenga que irse. Quiero que nos quedemos todos aquí, viviendo la destrucción, muriendo un poco todos los días pero conspirando y tirando golpes al aire juntos.
Mi caos es mi caos, repito a menudo. Además, ocurre que si recorro las montañas, cierta costa aún escondida de este país, si entro por una calle sin salida o encuentro un colmado viejo, vacío, en el camino, hay algo allí que yo comprendo: un arquetipo, información (¿sanguínea, linfática, radiográfica?) de esta especie de campo (¿cuerpo?) magnético nuestro. Si me meto por donde no debo, sé salir, librarme de algo.
Sólo aquí sé por dónde meterme, de qué gentes y lugares huir, sé exactamente dónde residen el pánico y la dulzura, el mar real, profundo, salvaje y el mar-postal, el mar-hotel. El monte verdísimo, bestial, aislado cual isla sobre isla, su vida mísera y simple. Y el monte chic, los Jájomes y los Cerros de las Mesas, donde las alcapurrias son pequeñitas, ínfimas, platos exóticos de coctel.
 Tengo, incrustado en la devoción, un mapa perfecto de este archipiélago. Sé que tú también. Eso, allá, acá, por todas partes de este país ultramarino, diaspórico, errante, es lo que hay que defender.


 Publicado en Periódico Claridad el 30 de marzo de 2017.

Friday, July 3, 2015

(Des)Vida



Dirán que deliro. Y de pronto sí. No me culpen. Bien estamos si solo deliramos. Pero hay algo que se me sigue repitiendo. Y es que creo que hasta el más ingenuo que le haya dedicado alguna reflexión a esta crisis económica tiene que haber pensado -así fuera fugaz, ambiguamente- sobre una nueva posibilidad de independencia para Puerto Rico.

No lo digo exactamente yo. Me lo dice algo que es otra cosa: esa especie de información sanguínea, linfática, radiográfica. No puede explicarse cabalmente pero hay algo ahí -una estela en el pensamiento- que vuelve a traerme la idea de la independencia política, no como ilusión sino como solución. Como única salida decorosa a este nido de embrollos.

Todo el que le haya dedicado un pensamiento a esta crisis tiene que saber que la colonia como (des)vida política puertorriqueña, en efecto, colapsó, incluso antes de lo anticipado. La vida artificial del ELA no duró más de un suspiro. El resto ha sido desvida.

El problema con la independencia es que ni siquiera sus líderes parecen querer convencer a nadie de su relevancia en el momento histórico de mayor pertinencia. Están muy ocupados convenciendo a Venezuela, Cuba y Nicaragua. No los culpo. Eso les funcionó por mucho tiempo. Han logrado más simpatías en la escena internacional que en la nacional.

Pero ahora que el elefante rosado está en medio de la sala, que es cada vez más obvia la inviabilidad económica y política de Puerto Rico como colonia. Ahora que la independencia es más pertinente que nunca, ¿cuándo vamos a presentársela al País como una alternativa real, posible, fructífera? ¿La haremos viable o seguiremos elevándola a “isla doncella”, “flor cautiva”, izando una bandera cada 23 de septiembre en alimentación de un exiguo imaginario patriótico?

Hay muchas formas de ser libre. Ante la crisis, yo no podré liberar al país de sus deudas e infamias. Pero me comprometo a no seguir permitiendo mi propia explotación. Vivir para vivir la independencia.





Friday, February 20, 2015

Imprescindibles

 

A veces, con bastante temor, imagino cómo se nos verá desde afuera. En estos días, por ejemplo, las cosas que antes me parecían completamente lunáticas hasta palidecen: la familia Adams al pleno entre aquellos animales salvajes disecados; el recuerdo indeleble del chupacabras; la estatua de Colón decapitada deambulando por el mundo; el ovnipuerto de Lajas. 

Si bien todo esto era bochornoso, excéntrico y absurdo, los sucesos de hoy día son mucho más desafiantes. Si algo ha revelado (o tal vez reiterado) la discusión sobre la necesidad de perspectiva de género es el alto nivel de analfabetismo que hay en Puerto Rico. La ignorancia imperante y numerosa creo que nos ha espantado a todas las personas que no creemos en mezclar las creencias sobre Dios con el ejercicio del derecho y la construcción de una sociedad justa y equitativa.

Quien esté observando las últimas semanas desde el más allá, fácilmente puede deducir que esta es una isla salvaje, donde gente supuestamente fervorosa del amor de Dios se opone a derechos muy elementales para la convivencia humana; donde la Policía sugiere que las mujeres que caminamos solas por la calle somos moralmente sospechosas (así nos haya atropellado un conductor negligente). El único país del mundo donde se sigue construyendo en la orilla misma del mar y no al lado contrario como dicta el sentido común universal.

Un país que, en medio de la quiebra económica más estrepitosa, sigue emitiendo cientos de millones de dólares en bonos para pistas de patinaje y monumentos al veterano. Una colonia cuya estridencia puede ser tan y tan amenazante, que el mero hecho de que un líder independentista se levante a hablar en una cumbre de países vecinos puede desatar una crisis internacional.

Al menos sigue habiendo gente que se levanta y actúa allí donde provoca malestar. Habrá aquí un país de analfabetos fanáticos. Pero también hay un país impertinente que no se va a callar la boca; mujeres que vamos a seguir caminando solas por la calle del medio; personas dispuestas a seguir demostrando toda su incredulidad, toda su ira, toda su esperanza. Ésas son “las imprescindibles”.

Wednesday, January 1, 2014

País




Descender. Poco a poco, salir de la espuma densa de las nubes y comenzar a atisbar una breve franja de esta costa. 

Hay algo en la geología de nuestro país que me resulta una de las imágenes más tiernas del mundo. Es algo más que la evidente hermosura. Si el trayecto incluye la mirada en picada de las montañas que, a distancia, parecen aterciopeladas, sinceramente me desarmo. Hay un pálpito ahí, un soplo; como decir la ternura de observar a un recién nacido. 

Cuando era pequeña, mi papá siempre decía que éste era el país más bello que él había visto en su vida. A mí siempre me pareció exagerada aquella sentencia, y se la adjudiqué a su amor desbordante por “la patria”. Ahora, sin embargo, me sorprendo creyendo lo mismo que él, a pesar de los países realmente despampanantes que he logrado ver. 

Sospecho que he descubierto la belleza de lo propio. Creo que no se nace “patriota”. Eso que desde pequeña te enseñan es “la patria” y a lo que yo llamo más naturalmente “mi país”, es algo que se ama con el tiempo, y a veces “no tanto por los vivos como por los muertos”, decía ayer mi hermano, creo que con razón. Parte de ese amor expansivo retoña -tal vez más de lo que una piensa- de la tierra misma donde devuelves a tus muertos. 

No es sencillo amar este lugar, que nos aboca fácilmente a la frustración y al resentimiento; una “patria” polarizada entre la indiferencia y el deseo, entre la inercia y la trascendencia. Un lugar que es muchos lugares rígidos, en cuya mayoría muchos de nosotros seguimos siendo casi lunáticos, gente “fuera de lugar”. 

Dice un personaje de Juan José Saer que “cuanto más rígidos son los principios del ambiente en el que viven, más sobresale la rareza de los lunáticos y más absurdos parecen sus dislates”. 

En el nuevo año no pido la unión de nada. Ni siquiera la de los lunáticos. Sí quisiera que esta belleza agreste, insólita que poseemos en cada orilla y en cada río, nos enseñe a ser cada vez más “absurdos”, más país para todos que paisaje de pocos.  

Thursday, September 5, 2013

Missolatría






Ya ni sé qué viene siendo peor; si el culto oficial a ese vacío perenne de la ‘missología’ boricua o el exceso de la insistencia correctiva al añadir el adjetivo ‘brillantes’ a la idea de “mujeres bellas”.
Ahora quieren hacernos creer que hemos evolucionado porque ya no sólo se refieren a las mísis universo como bellas sino también como "brillantes". Me imagino que esa mitología políticamente correcta les es suficiente para justificar que un país en quiebra pretenda atraer alguna inversión con el infantilismo rancio de las reinas de belleza.
Brillantes lo que se dice brillantes, me disculpan pero está difícil de tragar. Es una condescendencia artificial e insufrible, especialmente considerando que la brillantez, señores, no la venden en Marshall’s. La brillantez es una inteligencia cultivada. Cuesta. Para saber hay que sacrificar mucho: leer, observar, releer, preguntar, comenzar a comprender, cuestionar lo aprendido, desaprender, repetir, repensar, recrear.
En un país donde la fuerza laboral y estudiantil es predominantemente femenina, si querían mujeres brillantes, aquí existen miles. Pero empujarme la ‘missolatría’ idiota como valor cultural y elevarla a remedio productivo, es la mejor prueba de que este gobierno anda más cabecihueco que las propias misses.
Reconozco que la obsesión por la belleza es prehistórica. Claro, no esa belleza uniforme e inapetente de los concursos sino aquella que creamos con nuestras experiencias estéticas y culturales, con nuestros temores y amores y conmociones.
Sin embargo, elevar la belleza ‘one size fits all’ a valor nacional, no sólo es una ridiculez sino un atentado, ya no contra las mujeres, acostumbradas como vivimos a ser presas de una sociedad sexista y hostigadora. No. A nosotras no nos pueden dañar más. El atentado es contra las niñas, a quienes los “creativos” del Gobernador les dicen que bella y brillante es un binomio. Que “la mujer puertorriqueña” (whatever that means) tiene valor porque es hermosa y, mientras los hombres son grandes atletas, “genios musicales, guerreros de raza bravía” (cuánto más charro puede ponerse un copy), nosotras estamos primordialmente representadas ante el mundo por unas muchachas que difícilmente aportan lo mínimo a la riqueza cultural, social o científica del País.



























Monday, August 19, 2013

Despampanante


Apenas se vislumbran luces desde la ventana del avión al arribar a La Habana. La electricidad no es símbolo de nada en esta ciudad. Y sin embargo, no hay más que adentrarse un poco en ella para empezar a evidenciar ese gran lugar común que gustan de compartir todas las revistas turísticas del mundo: “Aquí la vida palpita”.

Se ve en las calles encendidas, no de luces ni de automóviles, sino de gente. Gente que camina, gente que observa, gente que se besa y se toca y luego toma algo y espera una guagua o pide “botella” o juega el dominó en la cuadra o mira a los otros pasar, hacer.

Ese olor que defino como una mezcla de tabaco y salitre, te golpea desde que pones pie fuera del aeropuerto y ya no te abandona hasta que te vas.

El malecón de La Habana es una de las grandes maravillas del mundo. Supone un ritual muy sencillo pero tan revolucionario: caminar a lo largo, dejarse mojar un poco por la espuma de las olas que rompen, observar el horizonte, inhalar el salitre, sentir el sol fuerte contra los ojos, contra la frente y los labios. No se es nunca la misma persona después de andar por un malecón así.

Acá tenemos uno breve en la entrada de San Juan. Una orilla hermosísima por donde sólo pasan carros y apenas ocurren cosas. Dicen que algunos hombres aprovechan la invisibilidad del lugar para intercambiarse caricias y servicios. Es un lugar completamente subyacente, mientras el malecón cubano, como todos los malecones del mundo, es el vientre de la ciudad.

No es que Puerto Rico no palpite. En el fondo, ese también es nuestro gran encanto: aún poder hallar una riqueza simple sepultada en el fondo de tanto cemento y espanto. Pero nunca dejaré de clamar por un malecón para San Juan. Puedo tolerar muchas cosas de la historia y el devenir de este país. Pero jamás me repondré a que nos hayamos robado la vista al mar, que es nuestro aliento. Por no entrar en la furia de lo despampanante.

Thursday, June 23, 2011

Risa


Este ritual diario ya no es tan inofensivo como creí. El panorama es trágico. Y sin embargo, nos reímos a carcajadas. El lunes pasé por San Juan y me reí a morir. Todo tan ridículo, tan absurdo: las banderas americanas, los súbitos arreglos de las calles, el efusivo transplante de árboles, todo ese concepto de construir una noción de felicidad y bienestar evidentemente artificial pero -además- en la misma cara de la desgracia.

El patetismo de los carteles (‘Proud to be part of history’) fue más difícil de tragar pero confieso que también me reí. Y cuando supe que la bandera americana aparecía al revés en todos esos anuncios y que eso significaba catástrofe, eso constituyó risa aparte.

No piensen que sólo me reí de los que se arrastran como reptiles. Si algo fue descabellado, irracional, fue la incapacidad de los independentistas en unirse un día, a una hora, bajo el solo nombre de Oscar López. Eso fue realmente absurdo, burlesco y, por tanto, cómico. Dicen que la risa es uno de los más crudos mecanismos de defensa.

Llegó el Presidente y me reí más. Del patetismo de todo. De un hombre inteligente que se presta no sólo a decir tonterías sino a explotar y luego ignorar descaradamente a un país roto, de cuya fatalidad él también es responsable. Me reí violentamente de toda esa gente que va y pone el cachete, sabiendo que le van a patear la cara. Del desplante al Gobernador me reí vengativa, perversamente.

Obama se fue sin mirar atrás. Sé que estaba escrito que así sería y será. Pero, después de reírme tanto, ya de noche, con ese silencio de esas horas, el efecto de la película se me volvió espeso. A veces, no sé si en el estómago o en el corazón, algo muy amargo, duro como los golpes del odio de dios, sobreviene a la risa. Tal vez de día una tiene la ilusión de que reír te distancia en algo del ridículo y la catástrofe. Pero de noche pasa algo. Como que, tal vez por esa extraña evidencia que revela la oscuridad, una se enfrenta a lo más terrible: la verdad impúdica de que todos, sin distinción, somos parte de esta fábula cruel.