Showing posts with label mari mari narvaez. Show all posts
Showing posts with label mari mari narvaez. Show all posts

Wednesday, August 28, 2019

Autoayuda para navegar película casera de 6 meses y todas las crisis al tiempo



Tomé fotos esos meses del huracán. Fotos nimias, nada artísticas, ni siquiera interesantes. Confío poco en mi memoria, y sabía que todo aquello sería irreproducible a lo largo del tiempo. No eran fotos de la destrucción ni de la desgracia. No. Tomé fotos de aquella postración inédita, su languidez, de la oscuridad y la sed, del calor, fotos de la paciencia y el desasosiego. Hasta del tenernos, de los baños fríos a cualquier hora, de una brisita incipiente que en algún momento comenzó a aliviarnos, de la inestabilidad y el no saber nada tomé fotos. Del temor. Luego ya no tomé fotos de todo lo que empezó a surgir. Los huracanes los recuerdo siempre como épocas suspendidas de la vida, un tiempo de acción lenta y memorable que yo sé que un día, dentro de muchos años, aún invocaré casi sin audio -apenas alguna palabra clave lanzada entre escenas sin editar- como una película casera y vieja que solo alguien de su tiempo insiste en observar. 
Aún así, este huracán no tiene equivalente en mi memoria. Ya van seis meses que parecen seis años. Tengo luz desde noviembre. Una dice eso hoy día y te acusan de privilegiada. Hay algo ahí. Divago. Decía que van seis meses. Otro anciano murió en Morovis el día que se cumplió ese medio año. Necesitaba un respirador artificial y su comunidad está “sin luz desde Irma”, una frase que se ha vuelto la más extrema, realmente abominable.
Una de las cosas más violentas del mundo es tener que continuar la vida diaria sabiendo todo lo que ha pasado. Sabiendo que viejos y viejas han muerto de sed, de hambre, de falta de atención médica en nuestro país porque no hubo ayuda a tiempo. Eso no tiene perdón. ¿Quién va a hacerse responsable de lo que ocurrió aquí? ¿Cómo ha podido ser? ¿Eres de quienes se culpabilizan diciendo que lo hemos permitido? ¿O eres de quienes recuerdan que nosotros mismos, eso llamado “el pueblo”, “las comunidades”, “la gente”, fuimos los únicos que evitamos una hecatombe mayor? ¿Realmente podíamos evitar este desastre? ¿Cómo? ¿Convenciendo a alguien de otra cosa? ¿Escribiendo, repartiendo miles de boletines? Es cierto que los muertos hubiesen sido muchísimos más, de no ser por las miles de personas que se movieron aquí y allá para ayudar. ¿Pero y qué tal la gente que no estaba muerta pero ya vivía muy mal? Gente a la que se le fue el techo pero tú llegas a su casa y sabes que allí ya se malvivía, se subsistía a muy duras penas desde antes. Las ciudades son un fenómeno escondiendo la pobreza.   
Aún quienes ya tenemos luz, todavía estamos resolviendo cotidianamente los efectos de ese y todos los huracanes subsiguientes. Pero este tampoco es el punto. Busco decir que esa película vieja, casi muda, no se me borra de la sensacionalidad. Hay un mareo, un vacío que vuelve bastante. A menudo regreso a ese tiempo suspendido, a los episodios lacónicos, a la incredulidad más lenta del universo.
Hace años vengo escribiendo sobre cómo la felicidad en nuestro país es un asunto cada vez más privado. Por años invertimos en ampliaciones de terrazas, barbacoas, sillas sobre sillas de plástico, hasta piscinas o parcelas cerca de la playa o el campo. Pero el punto es que invertimos en todo eso a falta de una inversión pública en proyectos colectivos.
Ahora, las ruinas de aquel país que fuimos dejando afuera nos subrayan esa condición de la parcela privada, de la felicidad a puerta cerrada, íntima, a cuentagotas, en que hemos vivido por años. Nuestras crisis (económicas, fiscales, políticas, sociales) ahora llevadas más allá del límite con los efectos de la negligencia crasa ante el desastre climático, son mucho más monstruosas que esas terrazas y marquesinas con sillas plásticas que habíamos armado. Ya rompieron puertas y ventanas, otras se colaron por las grietas y rendijas, pero inundaron nuestros aposentos. Nuestras crisis son fatales pero tienen algo peor que su propia naturaleza: una administración pésima, violenta, infrahumana, insostenible. 
Al menos de mi parte, ha ocurrido lo que nunca pensé: ahora me la paso leyendo artículos sobre cómo evitar deprimirse con todo lo que está pasando (en el mundo, en EEUU, en Puerto Rico). Yo, que toda la vida hablé con tanto desdén de la literatura de autoayuda, ahora colecciono estos artículos, a mi (nuevo) entender valiosos. Para contrarrestar el pudor con entereza, he ido armando mis propios consejos, que compartiré con ustedes solo para darle a este artículo un tono un chin menos tétrico, una nota de futuro. Ojalá puedan añadir sus propias estrategias de autoprotección y lucha para otro presente.  


                                

1.    Recordar y honrar a nuestros ancestros luchadores. Ellas y ellos pasaron por mucho más que esto. A los míos, los honro a diario. A veces es tan mala la situación, que debo honrarlos a cada hora, en cada momento. Parte de honrarlos es también consolarme con que no estén aquí sufriendo este tiempo tétrico.


2.    Proteger nuestras relaciones. Lo más preciado que tenemos son nuestras buenas relaciones: el amor, la familia, las amistades. Hay que cuidarlas, darles el tiempo y la importancia que tienen.  


3.    Organizar la rabia, el dolor, la indignación. No actuemos a solas. Busquemos unirnos a algún grupo u organización aunque sea pequeño o crea uno propio. Aporta tu talento y tu malestar a una de las múltiples causas que nos han dejado las crisis.


4.    Puerto Rico tiene hoy una lista larga de enemigos reales. Es importante ser críticos entre nosotros pero, en este momento, enfocarse y no desperdiciar la energía es vital. Hay que mantener los cañones enfilados hacia esos enemigos, no hacia los amigos ni hacia la gente que lucha ni hacia organizaciones que a lo mejor no te gustan o no te inspiran confianza pero que, definitivamente, no son los enemigos.


5.    No es momento de aspirar a la perfección. Tampoco es momento de vivir vicariamente el proyecto que siempre quisiste crear y no has creado, mediante la crítica minuciosa y constante a un proyecto similar. Cada grupo y organización tiene un rol, un propósito. No podemos pretender que esos roles y posiciones sean todos los mismos ni que ciertos grupos asuman la agenda que nosotros entendemos deben asumir. Cada quien va a actuar según su agenda y esta no necesariamente coincidirá con las demás. Lo importante es poder buscar lugares lo suficientemente comunes en esas agendas diversas.


6.    En estos días trato de tener más compasión con la gente cercana, con colegas, compañeros e incluso con gente con la que difiero pero cuyo trabajo es importante y merece respeto. De nuevo, a veces me pierdo pero trato de guardar toda mi ira y malestar para atacar (de distintas formas) a los que atacan la integridad y posibilidad de nuestro País.


7.    Bajarle 2 (o 10) a la inmersión en las redes sociales ayuda mucho. De nuevo, hay que guardar y enfocar bien las energías y las redes consumen demasiada, muchas veces sin un fruto lo suficientemente sustantivo.  


8.    Hay que buscar la esperanza donde sea que esté. Hay muchos grupos y organizaciones haciendo una gestión extraordinaria. Apoyémoslos. Toda ganancia es buena y, si crece o es constante, puede ser inspiradora. 


9.    Hay que obligarse a hacer las cosas sencillas que a una le gustan y le ayudan a sentirse mejor. Hacer ejercicios, ir a la playa, explorar la naturaleza, caminar un poco para despejar la mente, subir una montaña, leer, tomarse un café con alguien, hasta darte un baño largo. 

Compartir lo que tenemos. Hay mucha gente pasando necesidad. En momentos así, es bueno pensar en la red de la araña. ¿Qué puedo hacer por esta persona para ayudarla a no caer? No hablo solo de cosas materiales. Hablo de apoyo emocional, atención médica (si eres médico o enfermera, por ej), acompañamiento, hacer comida de más y compartirla, pagar un café pendiente si puedes hacerlo.

Wednesday, March 30, 2016

Esposas



No es fácil ser feminista practicante. Un buen día te encuentras criticando excesivamente el traje de la “primera dama”. Sabes que es abominable lo que haces, no solo por lo superficial sino porque nadie critica las corbatas ni camisas de los hombres (tampoco son tan interesantes, de acuerdo). Mucho menos la figura. Pero no puedes contenerte. Es una fuerza de la que no puedes escapar. Aclaro que no critico pesos ni cuerpos. De hecho, la primera dama es una mujer bellísima. Critico un traje feo si lo veo insistentemente por todos los medios del País y lo hago a modo de estricta broma.

Sin embargo, lo del traje de Wilma solo me recuerda que ya mismo empiezan los reportajes de las candidatas a “primeras damas”, las sesiones fotográficas vestiditas todas en colores virginales y sus insufribles entrevistas sobre “los nenes”, los defectitos adorables de sus maridos y las historias de cómo se conocieron (en la iglesia o escuela, por supuesto), cómo se hicieron novios y, por supuesto, se casaron, que no hay desenlace más honorable para la administración del amor.

Creo que, antes de que empiecen estas tradicionales baboserías de año electoral, todos y todas (periodistas, directores de campañas, mujeres, hombres, candidatos, candidatas) debemos repensar cómo podríamos hablar del rol de estas mujeres en la vida política sin convertirlas en un grupito de bobas con un discurso de parque infantil, no apto siquiera para una revista de ideas para la decoración. Estoy segura de que estas mujeres no son ningunas bobas, lo cual empeora la situación pues hasta las más progresistas se sienten obligadas a actuar como tal. Incluso, estoy segura de que algunas deben ser las primeras asesoras de las campañas. Como suelen ser las parejas en relación a los proyectos de uno y otro.

Tengo buenas noticias. Al menos esta vez nos vamos a ahorrar dos suplicios de estos gracias a las candidaturas de María de Lourdes y la Lúgaro. Así que no todo está perdido. Usemos esta magnífica coyuntura en que tendremos dos mujeres candidatas a la gobernación para liberarnos por fin del reportaje infantilizante de las buenas esposas del mundo.


Friday, August 21, 2015

Felicidad Nacional Bruta (FNB)


Nunca pensé que una lucha por el matrimonio como derecho iba a sacudirme así. Apoyaba apasionadamente el matrimonio igualitario como una causa de justicia pero jamás pude imaginar la emoción tan intensa, las lágrimas que me bebería y mucho menos la reivindicación que supondría para una institución maltrecha pero evidentemente viva.
Nunca pude creer febrilmente en las bondades del matrimonio. Pero -contrario a lo que muchos no creyentes piensan- creo que la equidad en el derecho al matrimonio puede transformar esa institución en una que responda mejor a las nuevas realidades de nuestras vidas y a la aceptación de esa naturaleza incierta, movediza y fascinante de los vínculos amorosos y las familias por elección.
Los relatos que más me han impactado son los de parejas que han vivido décadas de mesura afectiva, de explicaciones falsas, años y años de represión del amor. Amarse y no tocarse, no poder expresarlo abierta, libremente, es una atrocidad. El lenguaje del amor es el cuerpo. Se puede amar desde la distancia, incluso desde la imposibilidad, pero la ambición, la promesa del que ama es siempre la misma: atravesar un cuerpo, instalarse en un lugar que queda dentro de una piel. Estos relatos tremendos, casi inconcebibles para quienes hemos vivido en el privilegio sexual y afectivo, siempre me invocan ese poema de Nicolás Guillén: “morir de sed junto a la fuente”.
            Hay un neurólogo que habla del concepto de la Felicidad Nacional Bruta (FNB) como indicador alternativo al PIB. En Puerto Rico, estamos muy lejos de reconstruir la economía. Muchas veces he pensado que nuestra felicidad crece cada vez más a puerta cerrada, en el ámbito íntimo, en la familia, en la pareja, en la cama, en una terraza privada con lucecitas.

Aún en medio de esta crisis económica, con gobiernos cobardes, sin coherencia ni liderato, con menos acceso a servicios básicos, no me olvido de todo lo que falta para vivir en un país libre y justo. Pero tampoco dejo pasar la algarabía profunda, el aumento exponencial en el FNB, por una lucha hermosa que ya empezó a cambiar el mundo.

Friday, February 20, 2015

Imprescindibles

 

A veces, con bastante temor, imagino cómo se nos verá desde afuera. En estos días, por ejemplo, las cosas que antes me parecían completamente lunáticas hasta palidecen: la familia Adams al pleno entre aquellos animales salvajes disecados; el recuerdo indeleble del chupacabras; la estatua de Colón decapitada deambulando por el mundo; el ovnipuerto de Lajas. 

Si bien todo esto era bochornoso, excéntrico y absurdo, los sucesos de hoy día son mucho más desafiantes. Si algo ha revelado (o tal vez reiterado) la discusión sobre la necesidad de perspectiva de género es el alto nivel de analfabetismo que hay en Puerto Rico. La ignorancia imperante y numerosa creo que nos ha espantado a todas las personas que no creemos en mezclar las creencias sobre Dios con el ejercicio del derecho y la construcción de una sociedad justa y equitativa.

Quien esté observando las últimas semanas desde el más allá, fácilmente puede deducir que esta es una isla salvaje, donde gente supuestamente fervorosa del amor de Dios se opone a derechos muy elementales para la convivencia humana; donde la Policía sugiere que las mujeres que caminamos solas por la calle somos moralmente sospechosas (así nos haya atropellado un conductor negligente). El único país del mundo donde se sigue construyendo en la orilla misma del mar y no al lado contrario como dicta el sentido común universal.

Un país que, en medio de la quiebra económica más estrepitosa, sigue emitiendo cientos de millones de dólares en bonos para pistas de patinaje y monumentos al veterano. Una colonia cuya estridencia puede ser tan y tan amenazante, que el mero hecho de que un líder independentista se levante a hablar en una cumbre de países vecinos puede desatar una crisis internacional.

Al menos sigue habiendo gente que se levanta y actúa allí donde provoca malestar. Habrá aquí un país de analfabetos fanáticos. Pero también hay un país impertinente que no se va a callar la boca; mujeres que vamos a seguir caminando solas por la calle del medio; personas dispuestas a seguir demostrando toda su incredulidad, toda su ira, toda su esperanza. Ésas son “las imprescindibles”.

Monday, December 1, 2014

Florecer


 

La observación del mundo es una experiencia brutalmente esquiza. De un lado, su belleza extrema, todo lo que nos hace querer vivir para siempre: la magnificencia de los árboles y las estrellas; de las puestas de sol sobre el mar más increíble. El cariño y la imaginación desbocada de los niños; la dulzura y devoción del amor, la euforia de la creación.

Y al otro lado de la inmensidad, el espanto, creación de la Humanidad. Lo de Ferguson, Missouri, como lo de Ayotzinapa, México, han sido atrocidades de grandes dimensiones. Marcas de las que no quiero curarme jamás. Porque los actos tienen que tener consecuencias. Y si los Estados viven en un estado perenne de impunidad, nosotros, la gente, tenemos que hacerlos responsables. Por eso  digo que no me curo. No paso la página. No olvido ni perdono.

He hecho un breve índice de las historias sobre Michael Brown y los 43 desaparecidos de Ayotzinapa. Vi incluso videos caseros del cuerpo del joven afroamericano tirado en medio de la calle; de los familiares de los 43 tratando de encontrar algún signo de sus muchachos. Estuve allí de cierta forma extraña.

Las últimas palabras de Brown (“I don’t have a gun. Stop shooting”) volvían a taladrarme mientras el fiscal, muy circunspecto él, un baboso de primera línea, daba la noticia de que Darren Wilson, el policía que asesinó a Brown, no sería juzgado. Es decir, que el Estado asesine a un adolescente negro desarmado no tiene consecuencias. Está permitido.

Supuestamente Wilson temió por su vida. A mí me importa un bledo. Lo dijo mucho mejor y antes que yo el juez Brandeis en Whitney v. California: “Fear of serious injury cannot alone justify suppression of free speech and assembly. Men feared witches and burned women...”.
(“El temor de daño grave no puede por sí solo justificar la supresión de la libertad de expresión y de reunión. Los hombres temían brujas y quemaron mujeres”).

No me curo. No paso la página. No olvido ni perdono. Pero de algo estoy segura: de la rabia florecimos. Y floreceremos.   

(Foto por Andrés Deyá) 


Tuesday, June 17, 2014

Beso masivo


Si algo me fascinó de Madrid cuando fui por primera vez en 1999, fue ver cómo las parejas -todas ellas- se besaban todo el tiempo y por todas partes (de la ciudad).
Mi situación de extranjera solitaria me permitía el morbo de observarlos con detenimiento y hasta regodearme en el estudio espontáneo de sus motivaciones, grados de gozo y habilidades. Juro que todos eran besos húmedos. Y que no le causaban pavor ni a la viejecita más devota.
Pero en el Capitolio de nuestro inaudito archipiélago, un beso es más bien un misíl, una declaración de guerra.
Un beso. Un besito solo -alegre, simbólico, inofensivo- ha venido a interponerse en el futuro de nuestro Código Civil. Cómo explicarle al mundo -con toda la seriedad, el contenido absoluto que envuelve ese sustantivo- que los ojos vírgenes de nuestros legisladores no toleran la imagen de dos hombres juntando sus labios en señal de paz.
Leía El Nuevo Día que “según De Castro Font, el beso en la boca que su primo, el activista gay Pedro Julio Serrano, se dio con su novio en una vista pública hizo que varios legisladores reafirmaran su oposición a las uniones de hecho. ‘Le hizo más daño que bien’”.
Ante tanta ñoñería, no sé ni qué pensar. ¿Sabrá el senador “auténtico” cómo se hacen los bebés, cómo se extinguen las pasiones, cómo se sustenta un cuerpo?
Me imagino a los niñitos que van de gira al Capitolio, consolándolo en pleno tour. “Señor, tranquilo, es sólo un beso, ocurre todo el tiempo”.
Si esto ha logrado semejante exaltación en los señores medievales, si ha amenazado hasta el estado de derecho del País, se me ocurre una idea, un sueño, debo admitir: un chupete masivo en las escalinatas del Capitolio. Un beso denso, extenso, pluralista. Un beso de hecho que, cual vela frankenstiana, termine desconcertándolos, fulminándolos con un ataque masivo de nervios y de frigidez.
Eso sí, me uno a la protesta de Yara, mi colega de esta columna, aquella semana de los hechos y, esta vez, el beso de lengua por favor.
  

(Publicada originalmente en septiembre de 2007 en el diario El Nuevo Día)

Thursday, June 12, 2014

Sol



Volvió de repente, como una sorpresa extrema, ese día increíble del Sol.
Huyes de alguna parte (una oficina, un café, la casa equivocada) y vas sin mucho rumbo, pensando en pajaritos preñaos. Pero de pronto lo sientes, como un golpe de fuego que se te quiere inscribir en la sien (el mundo a veces trata de descomponerse). Levantas la mirada buscando. Y te deslumbras. Como si nunca antes hubieses visto el milagro de esa estrella masiva. El Sol ha vuelto a cambiar. Literalmente, de un día para otro. Aquella claridad opaca de los últimos meses a las seis en punto de la tarde es ahora la tarde más radiante del mundo. Cuando el Sol llega así de esa manera, sabes que comienza una luz violenta, salvaje, que siempre culmina en la orilla de un cuerpo. Un cuerpo de agua, quiero decir.

Y pensar que estas pequeñas ceremonias están penetradas por el tiempo. El universo es infinito, escuché siempre. Pero el profesor Altschuler lo lleva al extremo: “Es un lugar de dimensiones inconcebibles, imposibles de imaginar”. Tanto, que cada día que pasa crece más.  

En esa inmensidad impensable, brutalmente lejos, vive el Sol. Si viajáramos a 100km ph, tardaríamos 170 años en llegar a él. Y sin embargo, nada en la naturaleza puede exceder la velocidad de su luz. No lo digo yo, lo dice el Profesor en ese hermoso libro, Hijos de las estrellas. Así, a pesar de las abismales distancias del universo, un segundo es suficiente para que la luz del sol llegue a la luna (¿existirá una paradoja más estupenda en toda la galaxia?).

Me remito a nuestras puestas de sol. A esta certeza de que no existe quien no se quede sin aliento cuando, ante toda la incredulidad del mundo, se va escondiendo tras el mar esa esfera dorada; el astro más grandioso del universo. Me doy cuenta de que cada puesta no es siquiera un instante en la vida de esa estrella allá en su dimensión infinita. Entonces lo pienso bien; y me parece aún más sediciosa, aún más bella y vital esa idea nuestra de celebrar la vida en cada vuelta alrededor del sol. 

Friday, January 17, 2014

Patria


  

Es posible que, en el fondo, todo esto me doliera más porque era el día de Reyes. Y también porque es una crueldad saberse (y más que saberse, asumirse, con ese agravante de la aceptación) obsoleta, pasadísima de moda, una dinosauria en un mundo completamente nuevo.

Las niñas jugaban, hablándose entre ellas en un inglés que me sonaba casi perfecto. Como si no estuviéramos allí las dos adultas, se hablaban. La mía no se atreve a hablarme en inglés directamente. Y sin embargo, aquí estaba, expresándose con una soltura pasmosa, como si se hubiese hecho gente con el difícil. “Me voy, que ya me siento como en una mala película de Disney”, dije al aire, en un tono amenazante que no conmovió a nadie.

Entiendo algo de esta nueva práctica de niños y adultos de hablar inglés, especialmente en las redes sociales (casi siempre mal escrito). En medio de una conversación con una mentalidad en español, creo que el salpicón del inglés ayuda a atenuar el drama de nuestro vernáculo, por más que me duela admitirlo.

“Olvídate, nena, ésa ya la perdimos”, me dice resignada mi comadre mientras observamos la dinámica de las niñas. Ella, que es madre, sabe más de todo esto que yo, una simple tía. La miro como rogando una apelación, pero le leo en los ojos que está convencida.

Por poco me convence a mí también. Pero entonces, murió ayer el poeta argentino Juan Gelman. Vuelvo a pensar en las niñas, en la comadre, aquellas líneas bilingües cruzadas en noche de Reyes. Recuerdo cuando mi niña no hablaba. Observaba el mundo desde su cuna y, ante cualquier incomodidad, sólo podía llorar y gritar. Aprendiendo a nombrar el mundo en español, creció.

Entonces recuerdo también hace unos años, cuando cientos de personas fueron al Instituto Cervantes de Pekín a escuchar a Gelman. Olvídenlo. Seguiré siendo una dinosauria con esta perorata apasionada del español a cuestas. Y no me importa. Ni renunciaré a ello. Porque, allá en Pekín, cuando le preguntaron al poeta exiliado de la dictadura cuál era su patria, él no dudó un segundo: “Mi patria es mi lengua”.

Saturday, November 2, 2013

“So what?”

 


Viene siendo hora de que entendamos nuestro problema de “bullying”, sí. Uno cada vez más invasivo, ofensivo. De eso vive el “bully”, de la excitación y pánico que genera su noción de poder.

Periódicamente asoma su cabezota por estos lares. Como esta semana, que apareció para dejarnos saber su opinión sobre cosas que no le preguntamos.

Tras haber clasificado como basura la deuda de la Universidad de Puerto Rico, Moody’s -esa especie de turbia lumbrera de los inversionistas mundiales- removió la deuda de la Universidad de su lista de revisión para degradación, pero le asignó una perspectiva negativa. Justo -caray- cuando el Gobierno acaba de eliminar la cuota.

Moody’s critica la supuesta “dependencia” que la UPR tiene del Gobierno, que no es otra cosa que penalizar el concepto de la educación pública, que es ideológico y que además (mala nuestra, Moody’s) se aparta del modelo corporativo (y prohibitivo) estadounidense.

Es cierto que las finanzas de la Universidad son deplorables, pero no es porque su financiamiento sea público. El tema de la NSF es bochornoso, un signo de corrupción e ineficiencia atroz. Pero eso tampoco cambia que una universidad pública es un acercamiento político a la democracia y a la equidad. Es obvio, Sir Moody’s, que una universidad estatal tiene que depender de adivine qué: ¡el Estado!

El parlamento europeo, conociendo las debilidades de Sir Moody’s, ya aprobó una prohibición a que estas agencias clasifiquen deudas sin tener la información pertinente para basar sus “hallazgos”. Les regularon el “timing” que gustan usar para soltar sus torpedos no solicitados sobre la deuda europea y también les prohibieron algo que parecía caído de la mata, pero no lo era: clasificar compañías en las cuales sus dueños tengan acciones.

Mientras, acá el gobernador crea un puesto para un síndico “con vínculos a universidades estadounidenses” cuando, por más que insistan, la Iupi no sigue ni tiene que seguir ese modelo universitario. Buena o regular, hemos tenido una universidad pública por más de cien años y eso nos ha permitido movilidad social y la creación de un conocimiento con el cual hemos construido país.

Si a Moody’s no le gusta, so what? Estoy segura de que el mundo no se acabará.

15 de marzo de 2013

Friday, October 18, 2013

Revolucionario


Y ahora qué, Sr. presidente Rafael Correa. Ha sido muy macho usted, silenciando fulminantemente a Paola Pabón, asambleísta de su partido, y quien sólo proponía la despenalización del aborto en casos de violación. 
Su chantaje, esa rabieta violenta, profundamente infantil de que renunciaría a su puesto si la medida se aprobaba, fue devastador. No sólo para las mujeres ecuatorianas sino para toda esa América latina que lo ha mirado como a un revolucionario, como a alguien que venía a adelantar la paz, la justicia, a mejorar la vida de la gente más olvidada del mundo, no sólo en su país sino en todo el continente.
Ahora qué hará, Sr. Presidente, con la responsabilidad directa en cada aborto clandestino, en el suicidio de una mujer violada. Qué con las más de 95,000 mujeres que abortan en su país cada año, según datos de la OMS. Un aborto cada 4 minutos. Qué con las 1.962 denuncias por violación que se presentaron en 2011, según el Instituto Nacional de Estadísticas. Qué con el promedio de 5 violaciones diarias, de las cuales existe el riesgo de embarazo entre el 10 y el 15% de esas mujeres.
¿Con qué fuerza moral va usted a hablarnos sobre “el derecho a la vida”? ¿A qué vida, señor Presidente? A la de los hombres, será, que son los únicos cuyo cuerpo y supervivencia nadie tipifica.
¿Nos dará otro discurso épico sobre la vida como fenómeno biológico, sobre la humanidad prenatal? A mí usted no me mueve un pelo cuando se llama humanista por defender los derechos del niño no nacido mientras rehúsa otorgárselos a las niñas que sí viven, y que viven ya suficientemente mal, y tampoco pueden mejorar sus vidas con un aborto cuando son violadas. Por el contrario, lo único que pueden hacer es ponerla en peligro con un aborto clandestino. Es decir, lo que le queda a una niña violada en Ecuador, como en tantos países supuestamente “revolucionarios” de América Latina, es volver a violarse ella misma. Esa es la solución, señor Presidente. Violarnos después que nos violan. Qué legado tan revolucionario.


Esta columna se publicó en el diario El Nuevo Día en Puerto Rico el 18 de octubre de 2013.