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Wednesday, August 28, 2019

Autoayuda para navegar película casera de 6 meses y todas las crisis al tiempo



Tomé fotos esos meses del huracán. Fotos nimias, nada artísticas, ni siquiera interesantes. Confío poco en mi memoria, y sabía que todo aquello sería irreproducible a lo largo del tiempo. No eran fotos de la destrucción ni de la desgracia. No. Tomé fotos de aquella postración inédita, su languidez, de la oscuridad y la sed, del calor, fotos de la paciencia y el desasosiego. Hasta del tenernos, de los baños fríos a cualquier hora, de una brisita incipiente que en algún momento comenzó a aliviarnos, de la inestabilidad y el no saber nada tomé fotos. Del temor. Luego ya no tomé fotos de todo lo que empezó a surgir. Los huracanes los recuerdo siempre como épocas suspendidas de la vida, un tiempo de acción lenta y memorable que yo sé que un día, dentro de muchos años, aún invocaré casi sin audio -apenas alguna palabra clave lanzada entre escenas sin editar- como una película casera y vieja que solo alguien de su tiempo insiste en observar. 
Aún así, este huracán no tiene equivalente en mi memoria. Ya van seis meses que parecen seis años. Tengo luz desde noviembre. Una dice eso hoy día y te acusan de privilegiada. Hay algo ahí. Divago. Decía que van seis meses. Otro anciano murió en Morovis el día que se cumplió ese medio año. Necesitaba un respirador artificial y su comunidad está “sin luz desde Irma”, una frase que se ha vuelto la más extrema, realmente abominable.
Una de las cosas más violentas del mundo es tener que continuar la vida diaria sabiendo todo lo que ha pasado. Sabiendo que viejos y viejas han muerto de sed, de hambre, de falta de atención médica en nuestro país porque no hubo ayuda a tiempo. Eso no tiene perdón. ¿Quién va a hacerse responsable de lo que ocurrió aquí? ¿Cómo ha podido ser? ¿Eres de quienes se culpabilizan diciendo que lo hemos permitido? ¿O eres de quienes recuerdan que nosotros mismos, eso llamado “el pueblo”, “las comunidades”, “la gente”, fuimos los únicos que evitamos una hecatombe mayor? ¿Realmente podíamos evitar este desastre? ¿Cómo? ¿Convenciendo a alguien de otra cosa? ¿Escribiendo, repartiendo miles de boletines? Es cierto que los muertos hubiesen sido muchísimos más, de no ser por las miles de personas que se movieron aquí y allá para ayudar. ¿Pero y qué tal la gente que no estaba muerta pero ya vivía muy mal? Gente a la que se le fue el techo pero tú llegas a su casa y sabes que allí ya se malvivía, se subsistía a muy duras penas desde antes. Las ciudades son un fenómeno escondiendo la pobreza.   
Aún quienes ya tenemos luz, todavía estamos resolviendo cotidianamente los efectos de ese y todos los huracanes subsiguientes. Pero este tampoco es el punto. Busco decir que esa película vieja, casi muda, no se me borra de la sensacionalidad. Hay un mareo, un vacío que vuelve bastante. A menudo regreso a ese tiempo suspendido, a los episodios lacónicos, a la incredulidad más lenta del universo.
Hace años vengo escribiendo sobre cómo la felicidad en nuestro país es un asunto cada vez más privado. Por años invertimos en ampliaciones de terrazas, barbacoas, sillas sobre sillas de plástico, hasta piscinas o parcelas cerca de la playa o el campo. Pero el punto es que invertimos en todo eso a falta de una inversión pública en proyectos colectivos.
Ahora, las ruinas de aquel país que fuimos dejando afuera nos subrayan esa condición de la parcela privada, de la felicidad a puerta cerrada, íntima, a cuentagotas, en que hemos vivido por años. Nuestras crisis (económicas, fiscales, políticas, sociales) ahora llevadas más allá del límite con los efectos de la negligencia crasa ante el desastre climático, son mucho más monstruosas que esas terrazas y marquesinas con sillas plásticas que habíamos armado. Ya rompieron puertas y ventanas, otras se colaron por las grietas y rendijas, pero inundaron nuestros aposentos. Nuestras crisis son fatales pero tienen algo peor que su propia naturaleza: una administración pésima, violenta, infrahumana, insostenible. 
Al menos de mi parte, ha ocurrido lo que nunca pensé: ahora me la paso leyendo artículos sobre cómo evitar deprimirse con todo lo que está pasando (en el mundo, en EEUU, en Puerto Rico). Yo, que toda la vida hablé con tanto desdén de la literatura de autoayuda, ahora colecciono estos artículos, a mi (nuevo) entender valiosos. Para contrarrestar el pudor con entereza, he ido armando mis propios consejos, que compartiré con ustedes solo para darle a este artículo un tono un chin menos tétrico, una nota de futuro. Ojalá puedan añadir sus propias estrategias de autoprotección y lucha para otro presente.  


                                

1.    Recordar y honrar a nuestros ancestros luchadores. Ellas y ellos pasaron por mucho más que esto. A los míos, los honro a diario. A veces es tan mala la situación, que debo honrarlos a cada hora, en cada momento. Parte de honrarlos es también consolarme con que no estén aquí sufriendo este tiempo tétrico.


2.    Proteger nuestras relaciones. Lo más preciado que tenemos son nuestras buenas relaciones: el amor, la familia, las amistades. Hay que cuidarlas, darles el tiempo y la importancia que tienen.  


3.    Organizar la rabia, el dolor, la indignación. No actuemos a solas. Busquemos unirnos a algún grupo u organización aunque sea pequeño o crea uno propio. Aporta tu talento y tu malestar a una de las múltiples causas que nos han dejado las crisis.


4.    Puerto Rico tiene hoy una lista larga de enemigos reales. Es importante ser críticos entre nosotros pero, en este momento, enfocarse y no desperdiciar la energía es vital. Hay que mantener los cañones enfilados hacia esos enemigos, no hacia los amigos ni hacia la gente que lucha ni hacia organizaciones que a lo mejor no te gustan o no te inspiran confianza pero que, definitivamente, no son los enemigos.


5.    No es momento de aspirar a la perfección. Tampoco es momento de vivir vicariamente el proyecto que siempre quisiste crear y no has creado, mediante la crítica minuciosa y constante a un proyecto similar. Cada grupo y organización tiene un rol, un propósito. No podemos pretender que esos roles y posiciones sean todos los mismos ni que ciertos grupos asuman la agenda que nosotros entendemos deben asumir. Cada quien va a actuar según su agenda y esta no necesariamente coincidirá con las demás. Lo importante es poder buscar lugares lo suficientemente comunes en esas agendas diversas.


6.    En estos días trato de tener más compasión con la gente cercana, con colegas, compañeros e incluso con gente con la que difiero pero cuyo trabajo es importante y merece respeto. De nuevo, a veces me pierdo pero trato de guardar toda mi ira y malestar para atacar (de distintas formas) a los que atacan la integridad y posibilidad de nuestro País.


7.    Bajarle 2 (o 10) a la inmersión en las redes sociales ayuda mucho. De nuevo, hay que guardar y enfocar bien las energías y las redes consumen demasiada, muchas veces sin un fruto lo suficientemente sustantivo.  


8.    Hay que buscar la esperanza donde sea que esté. Hay muchos grupos y organizaciones haciendo una gestión extraordinaria. Apoyémoslos. Toda ganancia es buena y, si crece o es constante, puede ser inspiradora. 


9.    Hay que obligarse a hacer las cosas sencillas que a una le gustan y le ayudan a sentirse mejor. Hacer ejercicios, ir a la playa, explorar la naturaleza, caminar un poco para despejar la mente, subir una montaña, leer, tomarse un café con alguien, hasta darte un baño largo. 

Compartir lo que tenemos. Hay mucha gente pasando necesidad. En momentos así, es bueno pensar en la red de la araña. ¿Qué puedo hacer por esta persona para ayudarla a no caer? No hablo solo de cosas materiales. Hablo de apoyo emocional, atención médica (si eres médico o enfermera, por ej), acompañamiento, hacer comida de más y compartirla, pagar un café pendiente si puedes hacerlo.

Friday, August 2, 2013

Estupor


 
No sé cómo ocurrió esto. Sé que cada día se vuelve más impositivo, más monumental y expansivo: el acto mediático como política.
¿Por qué anuncian tanto y nunca ocurren los cambios? Existirán las excepciones pero cada vez lo siento más: que todo cuanto ‘hacen’ nuestros  gobiernos es una puesta en escena, una existencia cada vez más mediática, más líquida; ficticia.  
Anhelo el fondo de las cosas. Saber que algo va a suceder. No niego que me emocione ver tanta gente buena reunida en un comité por la cultura; ni que aspiro a que mi país produzca energía renovable y se libere de la dependencia. El problema es que hay algo que impide que todas estas gestiones bien intencionadas a la larga cambien algo. Y es que las iniciativas de nuestros gobiernos están cada vez más diseñadas como actividades mediáticas donde el rostro, la figura excelsa, el discurso y la palabrosería componen ‘la cosa’, otorgan el supuesto significado.
Pero no hay relación entre el sistema de significado y el sistema de simulación, decía Baudrillard. Y también decía que vivíamos en un “estupor”. Eso. En ese estupor soy. A veces el discurso le queda bien al señor de turno. A veces la actividad es un éxito y el lema conmueve. Otras, le falta inteligencia, charm. ¿Y qué? El problema es que nuestra vida sigue igual, que hay que seguir resolviendo por cuentapropia, creando la felicidad privada porque el país ofrece poco. Que no hay un efecto entre estas puestas en escena y nuestras vidas porque no hay un plan para penetrar las estructuras baldías de este sistema ni una hoja de ruta inteligente y sostenible que conecte unos problemas con otros y provea verdaderas posibilidades para la ejecución.
La visita de Clinton, muy bien. Todo a la altura. Pero, en el fondo, hasta los que quedamos satisfechos con la función, apagamos la tele sabiendo que es un bluff, que ni remotamente tenemos estructura en la AEE para esto y que –en última instancia- la mejor evidencia de que tampoco hay voluntad política para ello es, precisamente, la perenne mediatización del acto de gobernar.














Saturday, November 12, 2011

Zencialización

Hoy puede ser un gran día para salir del clóset. Lo malo es que habrá quien se tire la misión suicida de querer convertirme.

No aguanto el positivismo zen que rebosa cada vez con una obstinación menos zen. Entre los neo-jipis-yogis-composteros wanna be-consumidores de te chino de las redes sociales, y la filosofía ‘Quién ha robado mi queso’ del empresariado y la política puertorriqueña, juro que empiezo a fantasear con mudarme a la Florida.

“Visualizo y atraigo la magia del universo a mi vida”, repiten con sus variaciones estos personajes para quienes cualquier cosa es posible si se visualiza y desea con suficiente intensidad. Gustan de regodearse en los conceptos de cuerpo, balance, armonía, aura, luz y -uno de los más problemáticos- la bendita paz.

Todo estaría muy bien si no fuera tan sospechosa la pretensión de ausencia de malestar, si no pareciera completamente esquizo el concepto de una paz exclusivamente interior. A lo mejor no leen los periódicos. Me cuesta creer que estén muy al tanto de la putrefacción en que vivimos.

El malestar es incómodo, provoca ansiedad, náusea, pensamientos homicidas. Pero sin él no hay empatía posible, acaso tampoco redención. La paz no es un estado personal y no puede existir sin un ejercicio de justicia.

Pero los peores son los segundos que mencioné: políticos y empresarios charros pero colmillús. Si vuelvo a escuchar que “la crisis es nuestra gran oportunidad”, ya no me mudaré a la Florida sino que me uniré a la comunidad espiritual del Dalai Lama. La última idea positivista que leí de un empresario puertorriqueño fue: “¡Si Disney puede hacerlo, nosotros también!”

El psicólogo español Edgar Cabanas, lo explica muy bien: “El pensamiento positivo crea ciudadanos dóciles, menos críticos. Identifica a los empleados con los valores de la empresa. Se aumenta la productividad al menor coste posible, y se lubrica la salida de los trabajadores”.

Creo que la felicidad tiene su propio proyecto, y llega en cualquier circunstancia, escurridiza pero fresca. La mía el otro día fue sencilla: un hombre llamado Flor llorando profundamente, de satisfacción y de incredulidad, besándose y abrazándose con sus compañeros celebrando una victoria. Una victoria en medio del malestar, contra todo pronóstico.