Friday, October 18, 2013

Revolucionario


Y ahora qué, Sr. presidente Rafael Correa. Ha sido muy macho usted, silenciando fulminantemente a Paola Pabón, asambleísta de su partido, y quien sólo proponía la despenalización del aborto en casos de violación. 
Su chantaje, esa rabieta violenta, profundamente infantil de que renunciaría a su puesto si la medida se aprobaba, fue devastador. No sólo para las mujeres ecuatorianas sino para toda esa América latina que lo ha mirado como a un revolucionario, como a alguien que venía a adelantar la paz, la justicia, a mejorar la vida de la gente más olvidada del mundo, no sólo en su país sino en todo el continente.
Ahora qué hará, Sr. Presidente, con la responsabilidad directa en cada aborto clandestino, en el suicidio de una mujer violada. Qué con las más de 95,000 mujeres que abortan en su país cada año, según datos de la OMS. Un aborto cada 4 minutos. Qué con las 1.962 denuncias por violación que se presentaron en 2011, según el Instituto Nacional de Estadísticas. Qué con el promedio de 5 violaciones diarias, de las cuales existe el riesgo de embarazo entre el 10 y el 15% de esas mujeres.
¿Con qué fuerza moral va usted a hablarnos sobre “el derecho a la vida”? ¿A qué vida, señor Presidente? A la de los hombres, será, que son los únicos cuyo cuerpo y supervivencia nadie tipifica.
¿Nos dará otro discurso épico sobre la vida como fenómeno biológico, sobre la humanidad prenatal? A mí usted no me mueve un pelo cuando se llama humanista por defender los derechos del niño no nacido mientras rehúsa otorgárselos a las niñas que sí viven, y que viven ya suficientemente mal, y tampoco pueden mejorar sus vidas con un aborto cuando son violadas. Por el contrario, lo único que pueden hacer es ponerla en peligro con un aborto clandestino. Es decir, lo que le queda a una niña violada en Ecuador, como en tantos países supuestamente “revolucionarios” de América Latina, es volver a violarse ella misma. Esa es la solución, señor Presidente. Violarnos después que nos violan. Qué legado tan revolucionario.


Esta columna se publicó en el diario El Nuevo Día en Puerto Rico el 18 de octubre de 2013.










Wednesday, October 2, 2013

Haití: El país de la inmensidad







Por Mari Mari Narváez
Marzo 2010

Una frontera

Una frontera es un pedazo sutil de país. Y ésta -la única delimitación interna de las Antillas mayores- como todos los bordes divisorios del mundo, es híbrida, incierta. Ni siquiera el detalle del lenguaje determina el tramo fronterizo de La Española.

El sol está que mata pero, aun así, éste no es uno de esos días que se vuelven lánguidos en el Caribe de tan calientes. La prisa siempre prevalece cuando el Padre Julio Acosta -Padre Julín- va a bordo y hoy no puede ser la excepción. La velocidad mínima que permite el Padre es de 130 kilómetros por hora. Queda claro que su fe es inquebrantable. Pero en el asiento de atrás, las agnósticas nos amarramos el cinturón y susurramos un ángel de la guarda por si acaso.

El Padre cruza esta frontera a diario, a veces múltiples veces. Es un hombre pequeño, delgado y siempre sonriente. Un cura sin sotana, de ésos que inquietan a los cardenales de capas y anillos. Es dominicano pero tiene acento creole pues lleva más de 30 años viviendo y trabajando en la frontera.

El Padre Julín tiene las paradas cronometradas. “Yo voy”, exclama cada vez que se baja de la guagua, como quien disfraza una orden. Está obsesionado con ahorrar tiempo y por eso intenta impedir el curioseo excesivo de sus pasajeras, a quienes debe llevar a Puerto Príncipe junto a varios cargamentos de agua, casetas, comida, cosas que le encomienda el Comité de Solidaridad con Haití y otras que recoge entre amigos y compañeros de las organizaciones a las que pertenece, entre ellas, el Comité Monseñor (Arnulfo) Romero.

La ayuda tiene que llegar. Desmonta y monta mercancía en tiempo récord, se pierde con sus paquetes por un rincón pero casi de inmediato reaparece en la puerta de la guagua. Y antes de volver a montarse, ya está ordenándole al chofer que arranque.

Nos habla profundamente sobre Haití. Lo conoce como a sí mismo. Como si fuera su patria.

“Actualmente, Haití es un país ocupado por tres grandes potencias: Estados Unidos en Puerto Príncipe, Francia en Léogane y, entre medio, las que parecerán muy inofensivas pero no lo son: las ONG (Organizaciones no gubernamentales)”.

En medio de este tramo de tierra semejante se alza un letrero casi profético. “Yo también existo. Declárame”. Parece una escuela. Pienso que esas palabras no pueden ser más pertinentes para los cientos de extranjeros que cruzan esta frontera con la intención de llegar a Haití.

Las fronteras también son fugaces. Y esa sutilidad que las caracteriza, pronto desaparece para dar paso a los pedazos más rotundos de país. Justo al cruzar la franja simbólica, comienza la nada simbólica explotación de Haití: las montañas cortadas profundamente, taladas por contratistas que se roban la cal por vía de este crimen ambiental. La deforestación es inminente.

Puerto Príncipe
 
Puerto Príncipe es una ciudad vertiginosa, incontenible. El centro está lleno de gente, mercados improvisados de alimentos, chucherías, caña de azúcar, agua, refrescos y hasta ropa. Las casetas construidas con paños –que son los nuevos hogares de los haitianos- están por todas partes. Miles de personas recorren la ciudad. Hay incluso animales sueltos, especialmente cerdos y gallinas.

A exactamente un mes del terremoto de 7.3 grados en la escala de Ritcher que destrozó la ciudad y otras partes del país, paradójicamente se percibe un alto sentido de normalidad entre su gente. Aun dentro de los escombros, que siguen intactos, como el primer día del terremoto, los ciudadanos vuelven a buscarse la vida como mejor pueden. Ni una sola piedra parece haber sido recogida pero hay una percepción de que la vida continúa. Al menos en apariencia, la tragedia no parece que podrá detener a la gente de este país.

La basura es imponente en esta ciudad. Está literalmente por todas partes y en cantidades industriales. Hay, incluso, canales de antiguos cuerpos de agua que están repletos de basura. Esto es algo normal, no tiene que ver realmente con el terremoto. Y a pesar de lo tremendamente impresionante que puede ser, del mal olor y la amenaza que supone para la salud pública, todavía hay muchas cosas más que hacen de ésta una ciudad impetuosa y seductora.

La pobreza está tan generalizada que es parte natural del panorama. No alcanzamos a ver los bolsillos que supuestamente se salvan de la miseria.

Que Puerto Rico se sienta en Haití
 
En Puerto Príncipe nos alojamos con un grupo de médicos y religiosos en el Noviciado de los Jesuitas, donde yace el campamento ‘Que Puerto Rico se sienta en Haití’, del Comité de Solidaridad con Haití. El Comité ha contribuido a diferentes proyectos en ese país pero, a partir del terremoto, ha concentrado sus recursos en la brigada médica organizada por Iniciativa Comunitaria, que ahora es parte de la red del Comité.

Organizaciones como la Liga de Cooperativas, el Colegio de Abogados, REDES, Acción Social de la Arquidiócesis de Caguas, Iniciativa Comunitaria, Parroquia La Providencia, Fundación Cívico Haitiana, Comité Monseñor Romero y Pro misiones Sor Ileana, entre otras, han recogido más de $30 mil dólares en efectivo y más de $100,000 en medicinas y equipo para viabilizar la brigada médica, que visita a diario una comunidad en Haití para ofrecer servicios de medicina primaria.

“En 2004, durante la actividad del bicentenario de la independencia de Haití, REDES (antes, Guerra contra el hambre, Caguas) decide hacer un comité sólo para Haití”, explica Magali Millán, misionera y trabajadora social que durante muchos años fue presidenta de REDES y lleva años haciendo labor en Haití. “Se crea entonces el Comité de Solidaridad con Haití para dar a conocer en Puerto Rico la solidaridad, la situación cultural y social de ese pueblo. Pero en eso vinieron las inundaciones (por los huracanes de 2008) y tuvimos que tirarnos a recoger dinero”.

El Comité ha viabilizado económicamente proyectos como una biblioteca en Gonaives, la construcción de unos buenos baños para Signos, un hospital de SIDA y tuberculosis de las Hermanas de Santa Teresita, congregación haitiana concentrada en el servicio. (El hospital se derrumbó con el terremoto pero no así los baños, que quedaron intactos).

REDES, y en los últimos tiempos, el Comité, también lleva muchos años colaborando con el Centro de Nutrición de las Hermanas de la Caridad en Cité Soleil, uno de los barrios más grandes, más pobres y también más temibles para muchos haitianos por sus supuestos niveles de violencia.

“La Cruz Roja nos llamó hace casi un mes”, cuenta Sor Cristina, una de las Hermanas de la Caridad que trabajan activamente en el centro de nutrición de Cité Soleil. “Nos pidieron una lista de los medicamentos que necesitábamos. Se los dimos de inmediato. Hemos hablado ya cuatro veces con ellos y todavía estamos esperando los medicamentos. Bueno, ya ni los esperamos. Hemos arreglado con lo que nos envía la congregación internacional (de las Hermanas de la Caridad)”.

Seguridad en lugar de humanidad
 
Por todas partes, el consenso es el mismo: la ayuda humanitaria extranjera apenas se percibe. Durante varios días recorremos las calles de Puerto Príncipe y pueblos aledaños y sólo encontramos una que otra fila de repartición de agua o de algún alimento, sobre todo arroz. 

El Padre Pierre debe recurrir a la fe. A partir del terremoto, se ha formado en los predios de su iglesia una comunidad-hacinamiento de unas dos mil personas. Cientos de casetas hechas de paños se agolpan todas pegadas hasta formar un gran hacinamiento. La prensa insiste en llamarles campamentos pero la pediatra puertorriqueña Marisa Herrán, experta en el cuidado de niños y niñas en zonas de desastre alrededor del mundo, nos explica que para que sean campamentos tendrían que cumplir con unos requisitos básicos de higiene y seguridad que apenas cumple un puñado muy pequeño de campamentos en Haití.

“Aquí la ayuda ha consistido de un pozo que abrió España”, nos cuenta el Padre Pierre. “También trajeron algunas casetas y varias veces en semana un camión trae 500 platos de comida que se acaban en un segundo pues -nada más en este hacinamiento- hay más de dos mil personas pero también hay gente de la comunidad allá fuera”.

Lo que sí es muy visible por toda la ciudad son los militares, tanto estadounidenses como cascos azules de la ONU, montados en sus humvees. El país parece, más que una zona de desastre natural, una de guerra, con cientos de militares en las calles, portando más armas largas que leche.

Es claro que su tarea es más de vigilancia que de cooperación. Vimos a algunos empujando e insultando a los haitianos en la calle y se pasean por la ciudad cual si fueran sus dueños. La priorización de la “seguridad” por encima de la ayuda humanitaria ha sido muy criticada, especialmente por las organizaciones haitianas de base que, lamentablemente, se están ignorando completamente en el proceso de ayuda pos-terremoto. Se teme que esto, junto al vacío casi absoluto del gobierno haitiano, desemboque en efecto en una situación neo-colonial, como muchos han denunciado.

Haití está silenciado
 
“Los haitianos no tienen estatus en estas conversaciones (pos-terremoto)”, ha dicho asertivamente la investigadora británica Naomi Klein. “Se están considerando como recipientes pasivos de una ayuda y no como participantes dignos, íntegros, de un proceso de reparación y restitución”.

El economista haitiano y líder del Plataforma Haitiana de Cabildeo para un Desarrollo Alternativo (PAPDA), Camille Chalmers, sostiene que “no aceptaremos convertirnos en una nueva base norteamericana en el Caribe”.

Según el artículo Haiti: A Creditor, Not a Debtor, escrito por Klein y en el que se cita a Chalmers, la cancelación de la deuda externa es un buen comienzo para Haití “pero es momento de ir mucho más lejos. Hay que hablar de reparaciones y restitución por las consecuencias devastadoras de la deuda”.

Para Chalmers y muchas organizaciones progresistas, “hay que abandonar esa idea de que Haití es un deudor. Haití es acreedor y es precisamente el mundo occidental el que tiene graves atrasos con Haití”.

La deuda con Haití nace de cuatro fuentes, según el artículo. éstas son: la esclavitud, la ocupación estadounidense, la dictadura y el cambio climático. 

La deuda por esclavitud es bien conocida: Cuando Haití ganó su independencia de Francia en 1804, “habrían tenido todo el derecho de reclamar reparaciones de los poderes que durante tres siglos se habían enriquecido por el trabajo robado a Haití (la esclavitud). Pero Francia, sin embargo, estaba convencida de que eran los haitianos quienes habían robado sus propiedades a los dueños de esclavos, rehusándose a trabajar sin paga. En 1825, el Rey Carlos X vino a cobrar: 90 millones de francos de oro, diez veces los ingresos anuales de Haití”. Haití tardó 122 años en pagar la deuda astronómica que la sepultó inevitablemente en la pobreza.

La deuda de la dictadura recae en los más de $504,000,000 de fondos públicos que robó el régimen Duvalier durante sus casi tres décadas de dictadura.
Mientras los haitianos aún esperan a ser redimidos con el dinero que les fue hurtado, durante más de dos décadas han tenido que pagar al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional una deuda que asciende a $844 millones por compromisos incurridos por los Duvalier.

La deuda del cambio climático es algo que defendieron varios países en desarrollo durante la cumbre de Copenhagen. Establece que, “habiendo fracasado en abordar la crisis del cambio climático que ellos mismos han causado, los países ricos tienen una deuda con los que están en desarrollo. Estos últimos han aportado muy poco al cambio climático pero, sin embargo, están enfrentando sus efectos de manera desproporcionada. Haití es uno de los casos más dramáticos. Su contribución al cambio climático ha sido insignificante. Sus emisiones per cápita de CO2 son sólo un 1% de las de EEUU. Sin embargo, es uno de los países más golpeados por el cambio climático”.

El país del dolor impregnado
 
Recorremos la ciudad de Puerto Príncipe junto a Sor Ileana Silva, hermana puertorriqueña de la Caridad que en los años setenta fue misionera en Haití durante cinco años.

Le pregunto si ha visto algún progreso desde aquella época.
“¿Progreso? Lamentablemente, no”, dice. “Las últimas veces que vine antes del terremoto, había más juventud estudiando, eso sí. Pero el país sigue estancado en la misma injusticia, en la gran indiferencia del mundo. No ha habido una presión mundial por Haití. Ojalá y ahora ocurra. Ojalá”.

Etienne (nombre ficticio, a su petición) es un joven haitiano que habla español. Trabaja en la MINUSTAH (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití) pero es un muchacho muy crítico, sobre todo de la ONU. Consigue algunos víveres y los lleva personalmente a ciertas comunidades. Sabe que la ayuda no llega.

De primera instancia, como la gran mayoría de los haitianos que vamos conociendo, Etienne parece que está bien. Pero poco a poco va soltando. A las dos horas, ya nos ha contado que, contrario al resto de la población, tiene un techo, comida, incluso un carro. Pero está completamente solo. Toda su familia vive en Estados Unidos. Su novia también se fue. Y a partir del terremoto, Etienne ha perdido lo único que le quedaba.

Nos mete por una calle sin salida que desemboca en uno de tantos edificios completamente destrozados, hechos piedra, por el terremoto. Viene aquí todos los días, nos dice. “Era mi facultad. Ahí murieron mis amigos. Están ahí”.
Por las noches, Etienne tiembla. Como todos los haitianos que conocemos a lo largo de varios días, teme otro terremoto. “Como no puedo dormir, por las noches, tomo. Es lo que hago. No puedo irme de mi país. Si no nos quedamos aquí no lo sacamos hacia delante”.

La vida de la mayoría de los haitianos es mucho peor. Benet, por ejemplo, espera sin prisa por un servicio médico sentada en un banco. Vive en una sábana. Perdió a su hijo, perdió su casa, no tiene comida. Lo único que tiene es la vida. Así son los testimonios por todas partes. Quien no perdió un hijo, perdió un marido o no sabe siquiera cuánto ha perdido porque no ha podido contactar a su familia extendida. Los que no perdieron su casa por completo, ya no la habitan por miedo a que se les caiga encima a causa de las grietas. Es el desamparo absoluto.

“Yo dejo mi corazón, mi persona a Dios, a la providencia, porque no tengo otra esperanza”, dice Elandeile, joven madre de cuatro niños, sin un solo rastro de drama en su voz, con una especie de resignación que, más que eso, es una entrega absoluta al destino.

Los haitianos no gustan de regodearse en la tragedia. Son extremadamente dulces, ninguno te niega un saludo, una sonrisa o un intercambio de palabras. Pero el drama de sus vidas es tan excesivo que sus testimonios van al punto, sin extenderse en el hondo y muy complejo espacio del dolor abonado al dolor.

El escenario más hermoso del mundo
 
El día que se cumple un mes del terremoto, salimos a la calle y nos encontramos con el escenario más insólito y más hermoso del mundo: cientos de personas van rezando en grandes procesiones por toda la ciudad. Con pequeños ramos de trinitarias entre las manos, lloran y honran a sus muertos. Pero sin lágrimas. Bailando y cantando. Veo cómo levantan los brazos con esa euforia del desconsuelo extrañamente intercalado con el gran regocijo de estar vivo.
Desesperada, apenas pudiendo apartar la vista del panorama tan sublime, ruego a Sor Ileana que me traduzca algo de lo que cantan: “Jesús, mira mi carga”, interpreta ella de inmediato. “Mi carga pesa… ¿quién me va a ayudar?”


 Esta crónica se publicó originalmente en Claridad en marzo de 2010 y bajo el título Haití, con ojos de solidaridad.

Monday, September 23, 2013

Patetismo dialéctico



Esta es la fórmula del patetismo dialéctico. Es cierto que es bastante tétrico que la reportera no parezca reparar en la inmediata condición de idiotez que va adquiriendo cuando juega a pasarnos gato por liebre. Como si todos acá, al otro lado de la pantalla, fuésemos más idiotas que ella. Sin embargo, hay que ver que en nuestro cautiverio, en la impotencia de ese lugar que ocupamos frente al televisor, hay un patetismo tal vez incluso mayor.

 La escena no sé cuántas veces repetida de la reportera haciendo cobertura de los juegos de baloncesto del Pre mundial en el restaurancito charro de cadena americana como si este fuera un lugar muy legítimo donde ir a buscar impresiones de los fanáticos todos los días del torneo, a mí es que me indigna. Es una gran tomadura de pelo pasar por noticia lo que es un anuncio más. Me dice más del noticiero y de la boba que se presta para hacer la supuesta ‘noticia’ que de la cadena de restaurantes de dudosa calidad.

“Integraciones”, les llaman eufemísticamente a estos engaños masivos a los cuales ya se han adherido hasta los periodistas más serios. Ni siquiera abogo por erradicar la práctica de que el periodista activo se meta a vendedor de cuchillos, de selladores de techo o peces de colores. Sólo pido que no se pretenda engañarnos, empujarnos el buche mediático como si toda la información fuera una misma cosa; indivisible. Que se nos informe clara y honestamente cuándo un periodista está ejerciendo la función democrática, expresiva e indagadora de informar y cuándo está sirviéndole de locutor a un cliente del medio. Esa línea divisoria no puede ser imaginaria. Es responsabilidad del medio y también del periodista marcarla. Ahí también reside la reserva moral de ese personaje en quien se supone confiemos para algo más que para escoger la salsa con que nos van a comer.
A falta de pudor y respeto, hay que repetirse aquello que en Internet le adjudican a Tomás Jefferson, tercer presidente de Estados Unidos de América: “The advertisement is the most truthful part of a newspaper”.

Thursday, September 5, 2013

Missolatría






Ya ni sé qué viene siendo peor; si el culto oficial a ese vacío perenne de la ‘missología’ boricua o el exceso de la insistencia correctiva al añadir el adjetivo ‘brillantes’ a la idea de “mujeres bellas”.
Ahora quieren hacernos creer que hemos evolucionado porque ya no sólo se refieren a las mísis universo como bellas sino también como "brillantes". Me imagino que esa mitología políticamente correcta les es suficiente para justificar que un país en quiebra pretenda atraer alguna inversión con el infantilismo rancio de las reinas de belleza.
Brillantes lo que se dice brillantes, me disculpan pero está difícil de tragar. Es una condescendencia artificial e insufrible, especialmente considerando que la brillantez, señores, no la venden en Marshall’s. La brillantez es una inteligencia cultivada. Cuesta. Para saber hay que sacrificar mucho: leer, observar, releer, preguntar, comenzar a comprender, cuestionar lo aprendido, desaprender, repetir, repensar, recrear.
En un país donde la fuerza laboral y estudiantil es predominantemente femenina, si querían mujeres brillantes, aquí existen miles. Pero empujarme la ‘missolatría’ idiota como valor cultural y elevarla a remedio productivo, es la mejor prueba de que este gobierno anda más cabecihueco que las propias misses.
Reconozco que la obsesión por la belleza es prehistórica. Claro, no esa belleza uniforme e inapetente de los concursos sino aquella que creamos con nuestras experiencias estéticas y culturales, con nuestros temores y amores y conmociones.
Sin embargo, elevar la belleza ‘one size fits all’ a valor nacional, no sólo es una ridiculez sino un atentado, ya no contra las mujeres, acostumbradas como vivimos a ser presas de una sociedad sexista y hostigadora. No. A nosotras no nos pueden dañar más. El atentado es contra las niñas, a quienes los “creativos” del Gobernador les dicen que bella y brillante es un binomio. Que “la mujer puertorriqueña” (whatever that means) tiene valor porque es hermosa y, mientras los hombres son grandes atletas, “genios musicales, guerreros de raza bravía” (cuánto más charro puede ponerse un copy), nosotras estamos primordialmente representadas ante el mundo por unas muchachas que difícilmente aportan lo mínimo a la riqueza cultural, social o científica del País.



























Monday, August 19, 2013

Despampanante


Apenas se vislumbran luces desde la ventana del avión al arribar a La Habana. La electricidad no es símbolo de nada en esta ciudad. Y sin embargo, no hay más que adentrarse un poco en ella para empezar a evidenciar ese gran lugar común que gustan de compartir todas las revistas turísticas del mundo: “Aquí la vida palpita”.

Se ve en las calles encendidas, no de luces ni de automóviles, sino de gente. Gente que camina, gente que observa, gente que se besa y se toca y luego toma algo y espera una guagua o pide “botella” o juega el dominó en la cuadra o mira a los otros pasar, hacer.

Ese olor que defino como una mezcla de tabaco y salitre, te golpea desde que pones pie fuera del aeropuerto y ya no te abandona hasta que te vas.

El malecón de La Habana es una de las grandes maravillas del mundo. Supone un ritual muy sencillo pero tan revolucionario: caminar a lo largo, dejarse mojar un poco por la espuma de las olas que rompen, observar el horizonte, inhalar el salitre, sentir el sol fuerte contra los ojos, contra la frente y los labios. No se es nunca la misma persona después de andar por un malecón así.

Acá tenemos uno breve en la entrada de San Juan. Una orilla hermosísima por donde sólo pasan carros y apenas ocurren cosas. Dicen que algunos hombres aprovechan la invisibilidad del lugar para intercambiarse caricias y servicios. Es un lugar completamente subyacente, mientras el malecón cubano, como todos los malecones del mundo, es el vientre de la ciudad.

No es que Puerto Rico no palpite. En el fondo, ese también es nuestro gran encanto: aún poder hallar una riqueza simple sepultada en el fondo de tanto cemento y espanto. Pero nunca dejaré de clamar por un malecón para San Juan. Puedo tolerar muchas cosas de la historia y el devenir de este país. Pero jamás me repondré a que nos hayamos robado la vista al mar, que es nuestro aliento. Por no entrar en la furia de lo despampanante.

Wednesday, August 7, 2013

"El tiempo va a ser mío"



“El tiempo va a ser mío”. Me he quedado pensando en esa oración de Oscar López Rivera que inspiró la titulación de su entrevista antier en la portada de este periódico.

Algo muere y algo también nace en mí conociendo las cosas que pueden aferrar a un hombre a la vida, a la cordura, al amor y a la lealtad absoluta hacia su país. “El tiempo va a ser mío”. Parece que fuera una de las oraciones más tiernas y avasalladoras que he escuchado jamás. Pero sigo dándole vueltas, porque sé que hay algo ahí que yo no sé explicar; algo que se me escapa demasiado.

Entonces recuerdo. Es como una breve salida airosa, un consuelo ínfimo. Cuando no se comprenden las cosas de esta vida, una puede remontarse a algo que ya haya resuelto su propio misterio, cualquier fragmento de un pasado.

Mi padre siempre consolaba mi ansiedad extrema respecto al tiempo, diciéndome que este era “la medida de la vida”. Si no me equivoco, llegó también a decirme que Pitágoras explicaba el concepto del tiempo como “el alma de este mundo”.

Mucho tiempo después, supe de un hombre al que le “dolía una mujer en todo el cuerpo”. Borges. “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”, dice en uno de sus poemas y yo volví a comprender fugazmente, en una mejor luz, esa noción del tiempo cuyo paso absoluto, siempre seguro, puede ser fatal y terrible, terminal. O, por el contrario, una salvación.

“El tiempo va a ser mío”, dice Oscar y yo me quedo con esa bala en la cabeza, con esa sentencia atravesada en el pecho. Lo dice como a quien ya no pueden quitarle absolutamente nada. No diré que lo dice un hombre libre porque no estoy para redundancias ni lugares comunes. Pero de que lo dice un hombre al que le sobra todo –amor, palabras, salud, ideas, convicción– de eso es que no tengo duda.

Sunday, August 4, 2013

Basura: la contraparte de las cosas



Debe ser una de las experiencias más estériles. Algo como una impotencia se impone cuando, corriendo y corriendo, se llega al final de esta tierra, como diciendo lo más lejos posible, y no queda más remedio que detenerse en una orilla de mar, mirar a lo lejos, respirar. Regresar a alguna parte.

Sé que agua y libertad están imbricadas. Que quien se acerca a una orilla siempre busca algo aunque no sepa dar cuenta de qué. Es lo primero que me intriga del acto de Nick y su ‘Basura’. En primer lugar, ese acudir a la orilla. Hay una certeza ahí. Nick sabe que allí hay cosas que pueden encontrarse. Pero esta ‘basura’ no me resulta cabal, rotundamente basura. No se trata necesariamente de desechos sino de cosas que se han dejado atrás: objetos perdidos, algunos intrascendentes, que nadie se volteó a procurar. Otros fueron objetos perdidos que alguien quiso o hubiese querido rescatar y no alcanzó a hacerlo.

Entonces, entre tantas cosas, ‘Basura’ se me alza como un mapa de lo que pudo ser y jamás sería (como todos los boleros del mundo) que fue revocado. Todo aquello que iba a no ser hasta encontrar historia, posibilidad, en este taller de artista.

De la basura apenas se habla ni se piensa. Y sin embargo, es un círculo perfecto ese del descarte, del desecho. ¿Existirá un objeto más trasnacional o actividad humana con mayor alcance, con más capacidad de rastreo, con semejante longevidad, independencia?

De nuevo, hay algo en esa búsqueda en la orilla del mar que no solo me conmueve sino que me hace sentir por quienes transitan entre esos cuerpos de agua. Vislumbro el acto creativo de Nick como la construcción de una nueva radiografía de la actividad humana entre las islas. De Fernand Braudel para acá y a partir de su fijación con el Mediterráneo, algunos estudiosos han sugerido los mares y los océanos como categorías de análisis histórico superiores a aquellos anclados en las estructuras de naciones-estado, por ejemplo, que tanto han imperado en los marcos teóricos. Según ellos, este acercamiento disuelve distinciones artificiales, a veces incluso absurdas, entre regiones supuestamente coherentes y ostensibles, llamando la atención sobre ciertas interacciones sistemáticas, sostenidas a largo plazo, que se llevan a cabo a través de diversos cuerpos de agua[1]. Jerry Bentley ofrece el ejemplo de la esclavitud, que se construyó sobre el escenario (¿acaso también una especie de denominador común?) del Océano Atlántico, protagonizado por tres continentes muy disímiles que crearon un triángulo de actividad, tráfico, relaciones, explotación, sobre el Atlántico (Europa, África, el Caribe).

La ‘Basura’ de Nick Quijano es como la contraparte de las cosas. Una huella. Esa especie de negativo de la actividad humana, o el rastro absolutamente inevitable del tráfico, no solo de la movida ultramarina sino también de nuestros movimientos interiores; los imperceptibles. En sus piezas leo las historias no sabidas de los migrantes del Caribe, la ansiedad contenida de alguien que llegó hasta la orilla y realmente deseó ir más allá; de los miles de transeúntes que prescindieron de una posibilidad.

Leo, en última instancia, mi propia futilidad, esa infecundidad que me otorgan estos arenales-orillas cada vez que llego a ellos en un acto supuestamente liberador, para luego regresar siempre a alguna parte.


Este artículo se publicó originalmente en la revista Cruce.

Notas:
Bentley, Jerry. Sea and Ocean Basins as Frameworks of Historical Analysis. Geographical Review, Vol. 89, No. 2, Oceans Connect (April, 1999) pp. 215-224.