Friday, April 1, 2011

De dedos


Acepto que me reía porque pensaba que todas aquellas idioteces que decía la “Apóstol(a)” se debían a que estaba completamente loca. De atar.

Y en eso -zas- llegó la noticia: tres “jueces supremos” establecen que la Ley 54 no protege a una mujer adúltera. (Mj… ¿Ríli?)
El Juez Kolthoff manipula el texto de la Ley, adjudicándole intenciones inéditas. Lo hace de la manera más ilógica y desfachatada, con presunciones tan burdas y traídas por los pelos, que no son sino evidencia del código religioso (y fantasioso, como su Biblia) que pretende imponer.

El lenguaje de la Ley 54 no es un misterio. Incluye las “relaciones consensuales” con la clarísima intención de que toda pareja sea protegida. En ningún lugar condiciona su alcance al estado civil de la víctima.

En todo caso -digo, si es que el Juez Kolthoff quería ponerse creativo- lo más que podía cuestionarse es qué tiene que existir para que una relación sea consensual. Consensual sólo habla de un consenso. ¿Pero un consenso de qué? ¿De acción, de palabra o puede ser un consenso de fantasía? ¿Requiere intercambio de fluidos o una mediación de palabra puede ser suficiente? (el lengua(je) mata, como mismo puede contener todo el amor posible).

Y si -comprensiblemente- requiriera de ese intercambio húmedo, cabría preguntarse: ¿la saliva, viene siendo suficiente? Un dedo que se esparza feliz y libre por algún espacio escondido, irrestricto, ¿produce una relación consensual? ¿Cuán rápido? ¿A la entrada o a la salida?

Estos, a mi entender, son los únicos cuestionamientos válidos en torno al concepto de relación consensual. Lo demás está dado en la hermosa elasticidad del término.

La Ley 54 no necesitaba de enmiendas para proteger a las mujeres adúlteras. Lo que necesitamos en un Tribunal Supremo que no esté atado (ni de atar).

Y hablando de elasticidades, ahora que enmendarán la Ley, esperamos que incluyan expresamente a las parejas del mismo sexo. Porque lo que se dice el dedo -tanto el feliz como el irresuelto, el acusatorio como el delator, el torpe como el talentoso- no tiene identidad sexual. O -mejor dicho- las tiene todas. Y con todas a cuestas, campea por su respeto sobre todo cuerpo conocido y por conocer.

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