Wednesday, January 1, 2014

País




Descender. Poco a poco, salir de la espuma densa de las nubes y comenzar a atisbar una breve franja de esta costa. 

Hay algo en la geología de nuestro país que me resulta una de las imágenes más tiernas del mundo. Es algo más que la evidente hermosura. Si el trayecto incluye la mirada en picada de las montañas que, a distancia, parecen aterciopeladas, sinceramente me desarmo. Hay un pálpito ahí, un soplo; como decir la ternura de observar a un recién nacido. 

Cuando era pequeña, mi papá siempre decía que éste era el país más bello que él había visto en su vida. A mí siempre me pareció exagerada aquella sentencia, y se la adjudiqué a su amor desbordante por “la patria”. Ahora, sin embargo, me sorprendo creyendo lo mismo que él, a pesar de los países realmente despampanantes que he logrado ver. 

Sospecho que he descubierto la belleza de lo propio. Creo que no se nace “patriota”. Eso que desde pequeña te enseñan es “la patria” y a lo que yo llamo más naturalmente “mi país”, es algo que se ama con el tiempo, y a veces “no tanto por los vivos como por los muertos”, decía ayer mi hermano, creo que con razón. Parte de ese amor expansivo retoña -tal vez más de lo que una piensa- de la tierra misma donde devuelves a tus muertos. 

No es sencillo amar este lugar, que nos aboca fácilmente a la frustración y al resentimiento; una “patria” polarizada entre la indiferencia y el deseo, entre la inercia y la trascendencia. Un lugar que es muchos lugares rígidos, en cuya mayoría muchos de nosotros seguimos siendo casi lunáticos, gente “fuera de lugar”. 

Dice un personaje de Juan José Saer que “cuanto más rígidos son los principios del ambiente en el que viven, más sobresale la rareza de los lunáticos y más absurdos parecen sus dislates”. 

En el nuevo año no pido la unión de nada. Ni siquiera la de los lunáticos. Sí quisiera que esta belleza agreste, insólita que poseemos en cada orilla y en cada río, nos enseñe a ser cada vez más “absurdos”, más país para todos que paisaje de pocos.  

Saturday, December 28, 2013

TexteArte


Ahora que lo pienso, me doy cuenta de que los poetas siempre lo dijeron. Nunca lo entendí muy bien, pero seguí mi vida tranquila sabiendo que, en el peor de los casos, podía contar con aquella máxima cabal.

En un concierto el otro día, vi que todo el mundo levantaba su celular. Cientos, miles de cámaras grabando la música. Alguien aspirará a ver el concierto, me pregunté. No que yo fuese la gran inocente reflexiva de la noche. Aunque no tomé vídeos, “textié” casi compulsivamente con alguien que no fue, comentando el recuento exhaustivo de cada acontecimiento, cual minuto a minuto de endi.com.

Una lo ve a diario y, aun participando de esta nueva vida, sabe que hay algo muy extraño ahí. Tal vez porque recuerdas cuando la foto de una fiesta, por ejemplo, era un encuentro más casual con la vida, casi un accidente cuya finalidad misma era atrapar la espontaneidad de un instante. Tienes todavía fresca la memoria de cuando un acercamiento requería el heroísmo de una llamada, la nerviosa incomodidad de una conversación en tiempo real.

No es una queja. El autopanóptico tiene sus propios postulados de entendimiento. Ves a la gente tomándose las fotos de la felicidad compulsiva en la fiesta que tú presumes alguien está, en efecto, disfrutando porque sí, al momento, con sus propios elementos disponibles. Sin la asistencia de una conexión virtual con un más allá que se presenta a su propia ausencia. Pero igual me pregunto, ¿acaso alguien alguna vez disfrutó de la fiesta tal cual? ¿El presente no fue siempre un pasado expansivo, una ansiosa decodificación del futuro?

Me enternece este nuevo mundo de la cercanía, donde podemos conectarnos con un par de palabras tiradas al aire. Pero no por eso dejo de preguntarme si existe alguien aquí ahora, o estamos todos en el tránsito de las ondas, esperando que nos lean el subtexto del texto.

Debe ser la Navidad, que me pone reflexiva, pero recordé a aquellas poetas; las veces que las escuché musitar a media luz, velloneras siempre en el fondo, vasos medio vacíos: “La vida está en otra parte”.

Sunday, December 8, 2013

Estado huracanado


Perdí la noción de los días que lleva este viento grave golpeando las puertas y las ventanas a absolutamente todas las horas. Nunca quise nombrarlo. Para que existiera menos. Pero la seriedad de esto ya es aplastante.

No sé qué más hacer para no enloquecer demasiado con este viento que parece un tigre golpeándolo todo: ventanas, puertas, copas, floreros. Día y noche. Sin pausa. De hecho, ya enloquecí.

"Increíble este clima", me digo, y regreso a mis asuntos. Pero vuelvo a abrir bien poquito una ventana, apenas una rendija, en un gran acto de fe y de estupidez; sólo para empezar a sentir de nuevo, uno a uno, los objetos, el sonido agudo de su caída estrepitosa: tazas, cuadros, marcos, figuritas.

Los observo caer. Sigo escribiendo.

Sunday, November 24, 2013

Bodine



A Jennifer

Ahora sé que pasó bastante tiempo sin que yo supiera de Bodine. Es la belleza del Internet: pasan los años y no tienes que enterarte de lo que no te interesa. Vine a saber de este pequeño personaje muy recientemente, a propósito de una carta lúgubre que recibí de UBS. 
Cuando mi madre murió, separé parte del dinero de su breve herencia y abrí una cuenta pensando en la educación de mis sobrinas, a quienes no podíamos asegurarles una mejor vida que la nuestra. 
Al tener noticia oficial de mi pérdida de activos, quise encontrar respuestas. Mi inversión había sido moderada, ni siquiera riesgosa. El problema tendrá sus dimensiones pero alguien tiene que asumir el peso de las cosas. ¿No es por eso que se le paga una fortuna a cierta gente?
Recordé a aquel señor mayor que una vez vi montado en un deportivo rojo, y cuyas gafas oscurísimas y gesto imperturbable me resultaron inquietantes. Era el señor de UBS. 
Buscando su rendición de cuentas, encontré a la Lolita criolla. No le creí a una amiga cuando me dijo que aquella criatura que hablaba de celebrar sus 21 años con una fiestecita de Barbie era la novia de este señor. “No es mi asunto”, pensé, y seguí buscando, ya no por Bodine, que debe tener padre y madre que la encaminen, si es que eso todavía existe. Pero entonces me iba enterando de los viajes exóticos de esta singular pareja: Brasil, China, Nueva York, las fiestas, el champagne. Vi las fotos de su ‘felicidad’ antropológica: el señor siempre impasible, con una sonrisita a medias, como engomada en el fondo; la niña siempre sorprendida de su pequeño poder. 
Los mercados serán complejos. Pero no dejo de pensar en mi mamá: 20 años luchando con el cáncer, trabajando como leona en plena quimio, pidiendo prestado, perdiendo su casa, resolviendo como podía pero siempre pagando su seguro de vida.
Como comprenderán, aunque nadie se haga responsable de nada en este País, saber que esta niñita superdesarrollada tuvo su fiestecita de Barbie, me consuela mucho. Me parece verlos en el deportivo rojo, muy sonrientes, musitando: “Let them eat cake”.



Saturday, November 2, 2013

“So what?”

 


Viene siendo hora de que entendamos nuestro problema de “bullying”, sí. Uno cada vez más invasivo, ofensivo. De eso vive el “bully”, de la excitación y pánico que genera su noción de poder.

Periódicamente asoma su cabezota por estos lares. Como esta semana, que apareció para dejarnos saber su opinión sobre cosas que no le preguntamos.

Tras haber clasificado como basura la deuda de la Universidad de Puerto Rico, Moody’s -esa especie de turbia lumbrera de los inversionistas mundiales- removió la deuda de la Universidad de su lista de revisión para degradación, pero le asignó una perspectiva negativa. Justo -caray- cuando el Gobierno acaba de eliminar la cuota.

Moody’s critica la supuesta “dependencia” que la UPR tiene del Gobierno, que no es otra cosa que penalizar el concepto de la educación pública, que es ideológico y que además (mala nuestra, Moody’s) se aparta del modelo corporativo (y prohibitivo) estadounidense.

Es cierto que las finanzas de la Universidad son deplorables, pero no es porque su financiamiento sea público. El tema de la NSF es bochornoso, un signo de corrupción e ineficiencia atroz. Pero eso tampoco cambia que una universidad pública es un acercamiento político a la democracia y a la equidad. Es obvio, Sir Moody’s, que una universidad estatal tiene que depender de adivine qué: ¡el Estado!

El parlamento europeo, conociendo las debilidades de Sir Moody’s, ya aprobó una prohibición a que estas agencias clasifiquen deudas sin tener la información pertinente para basar sus “hallazgos”. Les regularon el “timing” que gustan usar para soltar sus torpedos no solicitados sobre la deuda europea y también les prohibieron algo que parecía caído de la mata, pero no lo era: clasificar compañías en las cuales sus dueños tengan acciones.

Mientras, acá el gobernador crea un puesto para un síndico “con vínculos a universidades estadounidenses” cuando, por más que insistan, la Iupi no sigue ni tiene que seguir ese modelo universitario. Buena o regular, hemos tenido una universidad pública por más de cien años y eso nos ha permitido movilidad social y la creación de un conocimiento con el cual hemos construido país.

Si a Moody’s no le gusta, so what? Estoy segura de que el mundo no se acabará.

15 de marzo de 2013

Friday, October 18, 2013

Revolucionario


Y ahora qué, Sr. presidente Rafael Correa. Ha sido muy macho usted, silenciando fulminantemente a Paola Pabón, asambleísta de su partido, y quien sólo proponía la despenalización del aborto en casos de violación. 
Su chantaje, esa rabieta violenta, profundamente infantil de que renunciaría a su puesto si la medida se aprobaba, fue devastador. No sólo para las mujeres ecuatorianas sino para toda esa América latina que lo ha mirado como a un revolucionario, como a alguien que venía a adelantar la paz, la justicia, a mejorar la vida de la gente más olvidada del mundo, no sólo en su país sino en todo el continente.
Ahora qué hará, Sr. Presidente, con la responsabilidad directa en cada aborto clandestino, en el suicidio de una mujer violada. Qué con las más de 95,000 mujeres que abortan en su país cada año, según datos de la OMS. Un aborto cada 4 minutos. Qué con las 1.962 denuncias por violación que se presentaron en 2011, según el Instituto Nacional de Estadísticas. Qué con el promedio de 5 violaciones diarias, de las cuales existe el riesgo de embarazo entre el 10 y el 15% de esas mujeres.
¿Con qué fuerza moral va usted a hablarnos sobre “el derecho a la vida”? ¿A qué vida, señor Presidente? A la de los hombres, será, que son los únicos cuyo cuerpo y supervivencia nadie tipifica.
¿Nos dará otro discurso épico sobre la vida como fenómeno biológico, sobre la humanidad prenatal? A mí usted no me mueve un pelo cuando se llama humanista por defender los derechos del niño no nacido mientras rehúsa otorgárselos a las niñas que sí viven, y que viven ya suficientemente mal, y tampoco pueden mejorar sus vidas con un aborto cuando son violadas. Por el contrario, lo único que pueden hacer es ponerla en peligro con un aborto clandestino. Es decir, lo que le queda a una niña violada en Ecuador, como en tantos países supuestamente “revolucionarios” de América Latina, es volver a violarse ella misma. Esa es la solución, señor Presidente. Violarnos después que nos violan. Qué legado tan revolucionario.


Esta columna se publicó en el diario El Nuevo Día en Puerto Rico el 18 de octubre de 2013.










Wednesday, October 2, 2013

Haití: El país de la inmensidad







Por Mari Mari Narváez
Marzo 2010

Una frontera

Una frontera es un pedazo sutil de país. Y ésta -la única delimitación interna de las Antillas mayores- como todos los bordes divisorios del mundo, es híbrida, incierta. Ni siquiera el detalle del lenguaje determina el tramo fronterizo de La Española.

El sol está que mata pero, aun así, éste no es uno de esos días que se vuelven lánguidos en el Caribe de tan calientes. La prisa siempre prevalece cuando el Padre Julio Acosta -Padre Julín- va a bordo y hoy no puede ser la excepción. La velocidad mínima que permite el Padre es de 130 kilómetros por hora. Queda claro que su fe es inquebrantable. Pero en el asiento de atrás, las agnósticas nos amarramos el cinturón y susurramos un ángel de la guarda por si acaso.

El Padre cruza esta frontera a diario, a veces múltiples veces. Es un hombre pequeño, delgado y siempre sonriente. Un cura sin sotana, de ésos que inquietan a los cardenales de capas y anillos. Es dominicano pero tiene acento creole pues lleva más de 30 años viviendo y trabajando en la frontera.

El Padre Julín tiene las paradas cronometradas. “Yo voy”, exclama cada vez que se baja de la guagua, como quien disfraza una orden. Está obsesionado con ahorrar tiempo y por eso intenta impedir el curioseo excesivo de sus pasajeras, a quienes debe llevar a Puerto Príncipe junto a varios cargamentos de agua, casetas, comida, cosas que le encomienda el Comité de Solidaridad con Haití y otras que recoge entre amigos y compañeros de las organizaciones a las que pertenece, entre ellas, el Comité Monseñor (Arnulfo) Romero.

La ayuda tiene que llegar. Desmonta y monta mercancía en tiempo récord, se pierde con sus paquetes por un rincón pero casi de inmediato reaparece en la puerta de la guagua. Y antes de volver a montarse, ya está ordenándole al chofer que arranque.

Nos habla profundamente sobre Haití. Lo conoce como a sí mismo. Como si fuera su patria.

“Actualmente, Haití es un país ocupado por tres grandes potencias: Estados Unidos en Puerto Príncipe, Francia en Léogane y, entre medio, las que parecerán muy inofensivas pero no lo son: las ONG (Organizaciones no gubernamentales)”.

En medio de este tramo de tierra semejante se alza un letrero casi profético. “Yo también existo. Declárame”. Parece una escuela. Pienso que esas palabras no pueden ser más pertinentes para los cientos de extranjeros que cruzan esta frontera con la intención de llegar a Haití.

Las fronteras también son fugaces. Y esa sutilidad que las caracteriza, pronto desaparece para dar paso a los pedazos más rotundos de país. Justo al cruzar la franja simbólica, comienza la nada simbólica explotación de Haití: las montañas cortadas profundamente, taladas por contratistas que se roban la cal por vía de este crimen ambiental. La deforestación es inminente.

Puerto Príncipe
 
Puerto Príncipe es una ciudad vertiginosa, incontenible. El centro está lleno de gente, mercados improvisados de alimentos, chucherías, caña de azúcar, agua, refrescos y hasta ropa. Las casetas construidas con paños –que son los nuevos hogares de los haitianos- están por todas partes. Miles de personas recorren la ciudad. Hay incluso animales sueltos, especialmente cerdos y gallinas.

A exactamente un mes del terremoto de 7.3 grados en la escala de Ritcher que destrozó la ciudad y otras partes del país, paradójicamente se percibe un alto sentido de normalidad entre su gente. Aun dentro de los escombros, que siguen intactos, como el primer día del terremoto, los ciudadanos vuelven a buscarse la vida como mejor pueden. Ni una sola piedra parece haber sido recogida pero hay una percepción de que la vida continúa. Al menos en apariencia, la tragedia no parece que podrá detener a la gente de este país.

La basura es imponente en esta ciudad. Está literalmente por todas partes y en cantidades industriales. Hay, incluso, canales de antiguos cuerpos de agua que están repletos de basura. Esto es algo normal, no tiene que ver realmente con el terremoto. Y a pesar de lo tremendamente impresionante que puede ser, del mal olor y la amenaza que supone para la salud pública, todavía hay muchas cosas más que hacen de ésta una ciudad impetuosa y seductora.

La pobreza está tan generalizada que es parte natural del panorama. No alcanzamos a ver los bolsillos que supuestamente se salvan de la miseria.

Que Puerto Rico se sienta en Haití
 
En Puerto Príncipe nos alojamos con un grupo de médicos y religiosos en el Noviciado de los Jesuitas, donde yace el campamento ‘Que Puerto Rico se sienta en Haití’, del Comité de Solidaridad con Haití. El Comité ha contribuido a diferentes proyectos en ese país pero, a partir del terremoto, ha concentrado sus recursos en la brigada médica organizada por Iniciativa Comunitaria, que ahora es parte de la red del Comité.

Organizaciones como la Liga de Cooperativas, el Colegio de Abogados, REDES, Acción Social de la Arquidiócesis de Caguas, Iniciativa Comunitaria, Parroquia La Providencia, Fundación Cívico Haitiana, Comité Monseñor Romero y Pro misiones Sor Ileana, entre otras, han recogido más de $30 mil dólares en efectivo y más de $100,000 en medicinas y equipo para viabilizar la brigada médica, que visita a diario una comunidad en Haití para ofrecer servicios de medicina primaria.

“En 2004, durante la actividad del bicentenario de la independencia de Haití, REDES (antes, Guerra contra el hambre, Caguas) decide hacer un comité sólo para Haití”, explica Magali Millán, misionera y trabajadora social que durante muchos años fue presidenta de REDES y lleva años haciendo labor en Haití. “Se crea entonces el Comité de Solidaridad con Haití para dar a conocer en Puerto Rico la solidaridad, la situación cultural y social de ese pueblo. Pero en eso vinieron las inundaciones (por los huracanes de 2008) y tuvimos que tirarnos a recoger dinero”.

El Comité ha viabilizado económicamente proyectos como una biblioteca en Gonaives, la construcción de unos buenos baños para Signos, un hospital de SIDA y tuberculosis de las Hermanas de Santa Teresita, congregación haitiana concentrada en el servicio. (El hospital se derrumbó con el terremoto pero no así los baños, que quedaron intactos).

REDES, y en los últimos tiempos, el Comité, también lleva muchos años colaborando con el Centro de Nutrición de las Hermanas de la Caridad en Cité Soleil, uno de los barrios más grandes, más pobres y también más temibles para muchos haitianos por sus supuestos niveles de violencia.

“La Cruz Roja nos llamó hace casi un mes”, cuenta Sor Cristina, una de las Hermanas de la Caridad que trabajan activamente en el centro de nutrición de Cité Soleil. “Nos pidieron una lista de los medicamentos que necesitábamos. Se los dimos de inmediato. Hemos hablado ya cuatro veces con ellos y todavía estamos esperando los medicamentos. Bueno, ya ni los esperamos. Hemos arreglado con lo que nos envía la congregación internacional (de las Hermanas de la Caridad)”.

Seguridad en lugar de humanidad
 
Por todas partes, el consenso es el mismo: la ayuda humanitaria extranjera apenas se percibe. Durante varios días recorremos las calles de Puerto Príncipe y pueblos aledaños y sólo encontramos una que otra fila de repartición de agua o de algún alimento, sobre todo arroz. 

El Padre Pierre debe recurrir a la fe. A partir del terremoto, se ha formado en los predios de su iglesia una comunidad-hacinamiento de unas dos mil personas. Cientos de casetas hechas de paños se agolpan todas pegadas hasta formar un gran hacinamiento. La prensa insiste en llamarles campamentos pero la pediatra puertorriqueña Marisa Herrán, experta en el cuidado de niños y niñas en zonas de desastre alrededor del mundo, nos explica que para que sean campamentos tendrían que cumplir con unos requisitos básicos de higiene y seguridad que apenas cumple un puñado muy pequeño de campamentos en Haití.

“Aquí la ayuda ha consistido de un pozo que abrió España”, nos cuenta el Padre Pierre. “También trajeron algunas casetas y varias veces en semana un camión trae 500 platos de comida que se acaban en un segundo pues -nada más en este hacinamiento- hay más de dos mil personas pero también hay gente de la comunidad allá fuera”.

Lo que sí es muy visible por toda la ciudad son los militares, tanto estadounidenses como cascos azules de la ONU, montados en sus humvees. El país parece, más que una zona de desastre natural, una de guerra, con cientos de militares en las calles, portando más armas largas que leche.

Es claro que su tarea es más de vigilancia que de cooperación. Vimos a algunos empujando e insultando a los haitianos en la calle y se pasean por la ciudad cual si fueran sus dueños. La priorización de la “seguridad” por encima de la ayuda humanitaria ha sido muy criticada, especialmente por las organizaciones haitianas de base que, lamentablemente, se están ignorando completamente en el proceso de ayuda pos-terremoto. Se teme que esto, junto al vacío casi absoluto del gobierno haitiano, desemboque en efecto en una situación neo-colonial, como muchos han denunciado.

Haití está silenciado
 
“Los haitianos no tienen estatus en estas conversaciones (pos-terremoto)”, ha dicho asertivamente la investigadora británica Naomi Klein. “Se están considerando como recipientes pasivos de una ayuda y no como participantes dignos, íntegros, de un proceso de reparación y restitución”.

El economista haitiano y líder del Plataforma Haitiana de Cabildeo para un Desarrollo Alternativo (PAPDA), Camille Chalmers, sostiene que “no aceptaremos convertirnos en una nueva base norteamericana en el Caribe”.

Según el artículo Haiti: A Creditor, Not a Debtor, escrito por Klein y en el que se cita a Chalmers, la cancelación de la deuda externa es un buen comienzo para Haití “pero es momento de ir mucho más lejos. Hay que hablar de reparaciones y restitución por las consecuencias devastadoras de la deuda”.

Para Chalmers y muchas organizaciones progresistas, “hay que abandonar esa idea de que Haití es un deudor. Haití es acreedor y es precisamente el mundo occidental el que tiene graves atrasos con Haití”.

La deuda con Haití nace de cuatro fuentes, según el artículo. éstas son: la esclavitud, la ocupación estadounidense, la dictadura y el cambio climático. 

La deuda por esclavitud es bien conocida: Cuando Haití ganó su independencia de Francia en 1804, “habrían tenido todo el derecho de reclamar reparaciones de los poderes que durante tres siglos se habían enriquecido por el trabajo robado a Haití (la esclavitud). Pero Francia, sin embargo, estaba convencida de que eran los haitianos quienes habían robado sus propiedades a los dueños de esclavos, rehusándose a trabajar sin paga. En 1825, el Rey Carlos X vino a cobrar: 90 millones de francos de oro, diez veces los ingresos anuales de Haití”. Haití tardó 122 años en pagar la deuda astronómica que la sepultó inevitablemente en la pobreza.

La deuda de la dictadura recae en los más de $504,000,000 de fondos públicos que robó el régimen Duvalier durante sus casi tres décadas de dictadura.
Mientras los haitianos aún esperan a ser redimidos con el dinero que les fue hurtado, durante más de dos décadas han tenido que pagar al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional una deuda que asciende a $844 millones por compromisos incurridos por los Duvalier.

La deuda del cambio climático es algo que defendieron varios países en desarrollo durante la cumbre de Copenhagen. Establece que, “habiendo fracasado en abordar la crisis del cambio climático que ellos mismos han causado, los países ricos tienen una deuda con los que están en desarrollo. Estos últimos han aportado muy poco al cambio climático pero, sin embargo, están enfrentando sus efectos de manera desproporcionada. Haití es uno de los casos más dramáticos. Su contribución al cambio climático ha sido insignificante. Sus emisiones per cápita de CO2 son sólo un 1% de las de EEUU. Sin embargo, es uno de los países más golpeados por el cambio climático”.

El país del dolor impregnado
 
Recorremos la ciudad de Puerto Príncipe junto a Sor Ileana Silva, hermana puertorriqueña de la Caridad que en los años setenta fue misionera en Haití durante cinco años.

Le pregunto si ha visto algún progreso desde aquella época.
“¿Progreso? Lamentablemente, no”, dice. “Las últimas veces que vine antes del terremoto, había más juventud estudiando, eso sí. Pero el país sigue estancado en la misma injusticia, en la gran indiferencia del mundo. No ha habido una presión mundial por Haití. Ojalá y ahora ocurra. Ojalá”.

Etienne (nombre ficticio, a su petición) es un joven haitiano que habla español. Trabaja en la MINUSTAH (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití) pero es un muchacho muy crítico, sobre todo de la ONU. Consigue algunos víveres y los lleva personalmente a ciertas comunidades. Sabe que la ayuda no llega.

De primera instancia, como la gran mayoría de los haitianos que vamos conociendo, Etienne parece que está bien. Pero poco a poco va soltando. A las dos horas, ya nos ha contado que, contrario al resto de la población, tiene un techo, comida, incluso un carro. Pero está completamente solo. Toda su familia vive en Estados Unidos. Su novia también se fue. Y a partir del terremoto, Etienne ha perdido lo único que le quedaba.

Nos mete por una calle sin salida que desemboca en uno de tantos edificios completamente destrozados, hechos piedra, por el terremoto. Viene aquí todos los días, nos dice. “Era mi facultad. Ahí murieron mis amigos. Están ahí”.
Por las noches, Etienne tiembla. Como todos los haitianos que conocemos a lo largo de varios días, teme otro terremoto. “Como no puedo dormir, por las noches, tomo. Es lo que hago. No puedo irme de mi país. Si no nos quedamos aquí no lo sacamos hacia delante”.

La vida de la mayoría de los haitianos es mucho peor. Benet, por ejemplo, espera sin prisa por un servicio médico sentada en un banco. Vive en una sábana. Perdió a su hijo, perdió su casa, no tiene comida. Lo único que tiene es la vida. Así son los testimonios por todas partes. Quien no perdió un hijo, perdió un marido o no sabe siquiera cuánto ha perdido porque no ha podido contactar a su familia extendida. Los que no perdieron su casa por completo, ya no la habitan por miedo a que se les caiga encima a causa de las grietas. Es el desamparo absoluto.

“Yo dejo mi corazón, mi persona a Dios, a la providencia, porque no tengo otra esperanza”, dice Elandeile, joven madre de cuatro niños, sin un solo rastro de drama en su voz, con una especie de resignación que, más que eso, es una entrega absoluta al destino.

Los haitianos no gustan de regodearse en la tragedia. Son extremadamente dulces, ninguno te niega un saludo, una sonrisa o un intercambio de palabras. Pero el drama de sus vidas es tan excesivo que sus testimonios van al punto, sin extenderse en el hondo y muy complejo espacio del dolor abonado al dolor.

El escenario más hermoso del mundo
 
El día que se cumple un mes del terremoto, salimos a la calle y nos encontramos con el escenario más insólito y más hermoso del mundo: cientos de personas van rezando en grandes procesiones por toda la ciudad. Con pequeños ramos de trinitarias entre las manos, lloran y honran a sus muertos. Pero sin lágrimas. Bailando y cantando. Veo cómo levantan los brazos con esa euforia del desconsuelo extrañamente intercalado con el gran regocijo de estar vivo.
Desesperada, apenas pudiendo apartar la vista del panorama tan sublime, ruego a Sor Ileana que me traduzca algo de lo que cantan: “Jesús, mira mi carga”, interpreta ella de inmediato. “Mi carga pesa… ¿quién me va a ayudar?”


 Esta crónica se publicó originalmente en Claridad en marzo de 2010 y bajo el título Haití, con ojos de solidaridad.